“Ten en cuenta que poco o nada basta para describir el horror que sentí ante la inmensidad; la fría sensación de soledad… y el dolor que me consume incluso ahora, más allá del caparazón que me aprisiona. Mi sangre fue sellada, mi lengua atada, mis párpados cosidos. Siento. Escucho. Y viviré para relatar el horror que me fue heredado.”
El cubo blanco, iluminado por luces mortecinas, apenas disipaba la humedad de aquel espacio opresivo. La sala estaba invadida por una mara?a de tubos que se arqueaban hacia consolas y tanques apilados en una esquina. La puerta circular, herméticamente sellada, retenía un ruido bajo y perturbador que tensaba el aire.
Suspendido en el centro, delgados conductos de plástico y sílice penetraban directamente en sus venas. Una mascarilla blanca cubría su rostro; sabía que estaba allí, pero no sentía su contacto. Todo su cuerpo permanecía entumecido. Solo era consciente de la rápida invasión de aquel líquido desconocido recorriéndolo por dentro.
Había algo peor que el ruido: la certeza de ser un espécimen raro, deshumanizado. El dolor físico era constante —una presión en el pecho, náuseas violentas que lo dejaron seco en menos de una hora—, pero cuando lo conectaron a las máquinas, las molestias se diluyeron. Quedó una sola pregunta, latiendo como herida abierta:
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?Dónde demonios estoy?
El chirrido de la puerta anunció la visita.
La “dama blanca”, escoltada por cuatro hombres armados cargando armamento que le seguía pareciendo extra?o, entró con paso preciso. Vestían indumentaria estéril, todos. La mujer habló con el hombre a su lado sin apartar del todo la mirada del paciente. Fría, analítica. Las palabras fluían en un idioma extra?o, imposible de asir.
Los primeros días su voz fue suave. Toques breves sobre la máscara. Una calma ensayada. Pero el silencio persistente y la incomprensión terminaron por desgastarla. La paciencia murió primero, luego el tacto.
El investigador se acercó con una tableta. Tecleó algo. El mecanismo que lo sostenía descendió, inclinándolo. El entumecimiento se fracturó. El dolor regresó con violencia.
Intercambiaron más palabras incomprensibles. Otro hombre se aproximó con un dispositivo. El investigador asintió. Un ajuste. Un clic certero.
El metal frío se apoyó en la región cervical derecha.
El dolor fue absoluto.
El “CLACK” desgarró el aire y le arrancó un grito crudo. Las lágrimas brotaron sin resistencia. La angustia martilló hasta vaciarlo.
—Mátenme… por favor… no más…
Nadie respondió.
Las figuras cubiertas lo observaron con expresiones invisibles tras sus máscaras; en efecto, aquellas palabras sonaron raras para ellos, no sabían ni como responder, aunque no se les haya visto intenciones de hacerlo. Abandonaron la sala. Solo quedó uno, registrando datos en silencio.
El tiempo volvió a disolverse.
La inutilidad permaneció.
La oscuridad descendió lentamente y sus párpados se cerraron, llevándolo al único lugar donde la pesadilla cedía.
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