—Espera —fue lo primero que pudo vocalizar Liz, pues su garganta estaba seca por el estrés.
Temía que Rex tuviera la intención de matarlas y pensó que si aquel era su destino, al menos intentaría salvar la vida de su hermana menor.
—Sólo… —continuó Liz—. No le dispares a Enya.
Rex se mantuvo callado.
—Te quitamos dos vidas, ?no es así? De las personas que tiramos del techo.
Mientras decía esto, Liz bajó de la carreta con lentitud, aún con las manos levantadas y sin dejar de mirar a Rex a los ojos. Era una mirada sumisa, desde un semblante que ya no quería derramar más sangre. Aterrizó cerca de su hermana y con un par de pasos se interpuso entre ella y la pistola de Rex.
—Ya lograste deshacerte de mi hermano, así que dispárame a mí y déjala ir.
—Liz —dijo Enya en voz baja.
Rex observaba con atención todos los lugares a los que podía atinar sus balas en los cuerpos de ambas mujeres. Extremidades, articulaciones, cabezas. Era cuestión de apuntar y ya.
Sin embargo, él no estaba ahí para vengar ninguna muerte.
—Entreguen sus pistolas.
Las mujeres tardaron medio segundo en responder, por lo que Rex gritó “?Ahora!”. Liz y Enya se despabilaron.
De joven, a Liz le daba pavor entrenar la cuerda floja para el acto de su familia, por lo que apretaba los ojos y movía ligeramente la nariz de un lado a otro, como intentando sacudirse agua de la cara. Hizo este gesto y puso su pistola en la tierra. Enya, por su parte, no podía sacar la suya de su fusca porque estaba temblando demasiado. “Mierda” sopló para sí misma y Liz le ayudó.
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Patearon ambas armas, deslizándolas hasta los pies de Rex.
—No quiero matarlas —dijo.
—?Qué quieres?
—?En general? Dinero.
Las dos mujeres voltearon a ver la carreta estacionada.
—No el que tienen en aquella caravana. ?Creen que no sé que si salgo con eso seré arrestado?
—Pues estás de mala suerte, vaquero. Todo el dinero que tenemos es robado.
Rex se encogió de hombros.
—Creo que los habitantes de Antigua Luna agradecerán cuando se los devuelva.
Caminó hasta Liz y Enya. Indicó con un gesto que se pusieran de rodillas y comenzó a amarrarlas de las mu?ecas.
—Me preguntaste qué quería. Te contesté. Dinero. Ahora, si me preguntas qué quiero de ustedes creo que esa es una respuesta diferente. La caravana servirá. Seguro tiene alguna ropa de Jerónimo que nos quede a mí y a Víctor.
Subiéndose a la carreta, Rex dejó caer el oro y los diamantes robados al piso. Cada azotón sonaba como un bonche de piedras y cada saco pesaba más de lo que una persona simple era capaz de cargar. Se adjudicaría la caravana vacía más tarde. Por el momento, se llevó a las hermanas sujetándolas de un brazo hasta toparse con el primer oficial que vio.
—Eres un ladrón también —le dijo Liz—. El oficial de ojos bonitos actuaba distinto. Tú careces de nobleza.
—Cállate.
—Cuando salga de aquí, te buscaré. Te haré pagar por lo que le hiciste a mi hermano.
—Ni siquiera sabes mi nombre.
—No lo necesito, vaquero. Soy buena para los rostros.
Varios oficiales vieron a Rex y aceptaron la imagen heroica de un forastero nocturno acarreando a dos ladronas derrotadas. Tomaron el asunto en sus propias manos y Rex regresó por lo que ahora serían sus provisiones, impaciente por compartirlas. Todo lo confiscado seguro les caería bien a la se?orita Lombarde y al oficial Guadalupe.

