Liz se aproximó a Víctor. Lo tomó del pecho y cerró ambos pu?os con fuerza, arrugándole la vestimenta en el proceso. Lo levantó hacia ella, a una altura relativamente más segura que el mero borde de la cornisa. Aun así, hizo que las piernas de éste empezaran a colgar, por lo que Víctor le rodeó ambos antebrazos con las palmas, casi enterrándole sus dedos.
Arrastró el torso del hombre hasta tumbarlo sobre el asfalto gris. Por un segundo, Víctor pensó que podría comenzar a ponerse de pie, sin embargo, inmediatamente recibió un gancho.
—?Cómo te atreves a usarla? —gritó Liz.
—?Usarme? —repitió Enya.
La acróbata se dejó caer encima del oficial, aplastándole los brazos con el peso de sus rodillas.
—Por eso está aquí —explicó—. Te siguió desde la taberna.
Luego, se dirigió a Víctor.
—?Acaso lo disfrutas? ?Eh? ?Seducir las mujeres que cazas? ?Ni siquiera tenemos una recompensa aquí!
“Al menos está a salvo”, pensó la se?orita Lombarde.
Acababa de ver a su compa?ero desaparecer del campo de visión. Ahora, era turno de ella decidir entre seguir la ruta de Rex o correr para trepar la misma cuerda que Víctor. Concluyó que la cuerda sería el destino más rápido y confió en la fuerza de sus músculos.
Liz, mientras, le quitaba los cartuchos a las pistolas a Víctor.
—Mi hermana es un ángel —continuaba rega?ándolo—. Ella es buena e inocente.
—Víctor —sopló Enya—, ?cómo pudiste?
El oficial, sin embargo, buscaba en su mente la forma de explicar la verdadera situación, pero sonaba tan confabulada que bien podría tratarse de la mentira que aquellas mujeres ya se estaban creyendo.
Liz lanzó los cartuchos al vacío y éstos golpearon a Verónica, quien por estar mirando hacia arriba, recibió un golpe directo al rostro.
“?Auch!”
El poco agarre horizontal que sus pies le brindaban al pisar la pared del edificio, se desvaneció tras recibir aquel impacto. Terminó colgando sólo de los brazos, empezando a gritar el nombre de Rex, pues sabía que éste se encontraba cerca.
Liz indicó a Enya que ahora sí cortara la cuerda. Dolida por la recién traición, concluida con ayuda de su hermana, decidió hacerle caso.
Verónica levantó la cabeza de nuevo para ver dos peque?os grupos de dedos aparecer y recargarse en la cornisa, seguidos por la cabeza de Enya.
—Perdón —se disculpó, sarcástica—. Odiamos a los cazarrecompensas.
—?Rex!
El forajido se asomó por una de las ventanas y vio a Verónica colgando un piso abajo de él. Subió la mirada, entonces, para ver a Enya tallando la cuerda con su cuchillo. Le dijo a Verónica que aguardara. Corrió a bajar las escaleras que acababa de subir y abrió la otra ventana que estaba abajo de la se?orita Lombarde.
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—??Reeeex!!
Al mismo tiempo que la cuerda cedió, Rex tomó a la se?orita Lombarde por debajo de la cintura, deteniendo su caída, pero obligándola a colgar cabeza abajo.
—?Me estás jalando los calzoncillos!
—Pues quédate quieta.
Liz, con bastante material de sobra, amarró a Víctor de los brazos y las piernas. La bondad del oficial le impidió mostrar alguna resistencia que cayera en territorio agresivo, pues quizá lo consideraba innecesario en la presencia de Enya. Sin embargo, tampoco es como que tuviese más opción, la fuerza de la acróbata era inesperadamente vasta.
—?Qué dices? —preguntó Liz a Enya—. ?Lo tiramos? —y puso un pie en la espalda de Víctor para empujarlo a la cornisa.
Víctor comenzó a implorar por su vida.
—No —dijo la otra—. Matar a un oficial nos va a meter en muchos problemas.
Jerónimo apareció detrás de la hermana menor y le apuntó a Víctor con su pistola.
—Sabe cómo luces. Suficiente tenemos con mi cara en un cartel.
Víctor se giró para mirar al hermano y algo en sus ojos le indicaron que no podría mitigar la tensión; dio un paso hacia atrás y casi resbala con el borde de la azotea.
—?Espera! —gritó Liz—. ?El disparo alertará al pueblo!
Pero Jerónimo jaló el gatillo al mismo tiempo que Enya le empujó el brazo. Víctor escuchó un silbido mientras la bala le rozaba la oreja derecha y resbaló, cayendo y dejando salir un grito.
Rex aún estaba sosteniendo a Verónica cuando la silueta de Víctor pasó frente a él y, de pronto, sintió un tirón que casi lo defenestra, obligándolo a gru?ir y maldecir.
Verónica atrapó a Víctor de la cuerda que ataba sus pies y sintió que su hombro izquierdo hizo “pop” cuando interrumpió la caída del oficial. éste se balanceó y golpeó su cabeza contra el muro, colgando inerte de las manos de Verónica, quien a su vez colgaba de un jadeante Rex.
—?Rex! ?No puedo sostenerlo! —lloró la mujer tanto de dolor como de preocupación.
El pistolero miró hacia arriba. Los hermanos no se habían asomado y le había parecido oír pisadas que se alejaban tras el disparo. Confió con todas sus fuerzas en que los Severino se hubieran ido para no no tener que preocuparse por nada que no fuera sus compa?eros.
—Se?orita Lombarde, la voy a columpiar a la ventana de abajo. Arroje a Víctor al interior —le ordenó entre gru?idos.
—??Qué?!
Rex no esperó más; no tenían tiempo que perder. Acomodó mejor sus manos para tener un agarre más firme, sosteniendo a Verónica del cinturón y de uno de sus tobillos. Le temblaban los brazos del esfuerzo, pero aun así se las arregló para alejar a Verónica de la pared y alzarla. La gravedad y la inercia la traerían de vuelta en un segundo.
El hombro de Verónica se sentía en llamas, pero logró aferrarse a Víctor durante el tiempo suficiente para que Rex hiciera de ellos un péndulo. Solo tenía una oportunidad y alineó al oficial lo mejor que pudo. Sería como arrojar una aceituna a un escupidero, pero con una fruta cien veces más grande y mucho más pesada. Cuando empezó a moverse de vuelta a la pared, Verónica flexionó su abdomen y obligó a su cuerpo a tensar músculos que ni siquiera sabía que podía usar para arrojar a Víctor. El oficial se golpeó la cabeza de nuevo contra el marco de la ventana, pero su cuerpo cayó en el interior del edificio.
Rex rugió mientras levantaba a Verónica y la metía con él, colapsando a salvo en el suelo de madera. Exhaló todo su cansancio y le dio un par de palmadas a su compa?era, quien había aterrizado sobre él; un gesto tanto de tranquilización como para indicarle que se quitara de encima.
La se?orita Lombarde se quejó mientras rodaba a un lado y se sostuvo el hombro con un quejido.
—Ah, ?se puede fracturar un hombro? —siseó, tratando de erguirse.
Rex se levantó y la alzó de su brazo bueno.
—No, solo está dislocado —le explicó, examinando gentilmente su articulación—. No se mueva.
—No vas a…
—Shhh —la chitó y, sin avisar, le acomodó el hombro.
La mujer ahogó un grito y le salieron lágrimas del dolor. Tuvo que apoyarse contra la pared para no caerse.
—Voy por Víctor. Quédese aquí —dijo Rex.
“Siempre tan gentil,” pensó ella con sarcasmo.

