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El tiroteo de San Domingo (Parte 3)

  Después de unos minutos de desayunar en silencio, Rex habló por fin con un tono un poco más solemne.

  —Su misión no es banal para mí.

  Verónica solo lo miró, esperando a que prosiguiera. Rex suspiró.

  —Ni siquiera sé qué significa banal, pero asumo que es algo así como “poco importante”. —Esperó a que Verónica confirmara con un cabeceo y siguió—. Lo cierto es, se?orita Lombarde, que ni usted ni Víctor saben una mierda de la intemperie. Con todo respeto.

  La se?orita Lombarde alzó una ceja, pero permaneció en silencio para escuchar el resto.

  —James es un hombre cruel y peligroso. No le dicen “El Monstruo” por nada. Y sus hombres son tan malos como él. Edward solo es un hombre de negocios. él no tiene a sus matones asaltando los caminos y con órdenes de dispararnos si nos ven.

  Ahora fue el turno de Verónica para suspirar. Por más que el Se?or Edward Gunn fuera un manipulador, Rex tenía razón en que no era una amenaza para su seguridad. No de manera inmediata, al menos.

  —No sé qué tanto truco haya con usted y sus trenes —continuó Rex—, pero sé que el buscar… evidencias, o lo que sea, es secundario a matar a James. Porque matar a James implica vivir lo suficiente para alcanzarlo, y vivir lo suficiente implica que sus hombres no nos maten primero. Y no podemos hacer nada ni contra James ni contra Edward si estamos muertos.

  La se?orita Lombarde asintió lentamente. Además de que las palabras de su compa?ero tenían sentido, el desayuno por fin estaba asentándose en su estómago y su humor ya estaba mejorando.

  —Bueno —dijo ella al fin—. Pero dígale todo eso a Víctor, entonces.

  —Mejor dígale usted. A mí no me hace caso cuando se trata de “mis métodos forajidos” —dijo burlón.

  La se?orita Lombarde soltó una risilla, pero se obligó a ahogarla por respeto a Víctor aunque no estuviera presente.

  —?Y qué se supone que yo le diga? “Oye, Víctor, ser forajido no está tan mal. Solo tienes que ignorar todos tus principios oficiales”.

  Ahora Rex se rio.

  —Algo así, sí. Víctor sigue sin entender que las planicies no son como la ciudad. La ley es un adorno en estos lugares y por algo las recompensas dicen “vivo o muerto”.

  La se?orita Lombarde asintió de nuevo.

  —?Pero no tiene razón acerca de los planes y escuadrones?

  Rex se encogió de hombros.

  —No estaría de más tener un par de pistolas adicionales, pero trabajamos con lo que tenemos.

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  Verónica sacudió la cabeza, tanto entretenida como resignada.

  —?Tres personas de las cuales solo dos pueden disparar?

  Rex observó a Verónica pensativo.

  —Deberíamos ense?arle a disparar, se?orita Lombarde.

  Y ahora sí se rio.

  —?Disparar? No espera que me les una cabalgando en tiroteos para perseguir a los hombres de James, ?o sí?

  Rex sacudió la cabeza con una media sonrisa, pero habló un poco más serio.

  —No necesariamente, pero… —hizo una pausa—. Podría ser una buena precaución.

  Verónica entendió a lo que se refería. Tal vez no fuera tan descabellado que aprendiera a protegerse con alguna arma. Además, si sus sospechas eran ciertas, se encontrarían con muchísimos más bandidos rumbo al oeste.

  —Eso lo veremos después entonces —dijo tranquilamente, terminando su comida y pagando lo de los dos—. Ahora vaya con Víctor y dígale que no somos forajidos solo por… sobrevivir, como usted dice.

  Rex se levantó.

  —No, no. Dígale usted. Yo iré por los caballos.

  —?Saldremos ya?

  —Pues ya desayunamos —dijo como si fuera obvio—. Y el sol solo dura un día.

  —Claro, claro, claro —repitió la se?orita, fingiendo estar ajustada a esa lógica—. Debemos ser los primeros foráneos en esta taberna en mucho tiempo, puedo jurar que se nos quedan mirando.

  Rex frunció el ce?o. Giró la cabeza para confirmar.

  Los taberneros los veían.

  Verónica tocó la puerta de la se?orita Miroslava en busca de Víctor.

  —Lucía bastante molesto —explicó la chica—. Tomó sus cosas y preguntó por la estación de tren.

  —Tiende a ser dramático.

  —Pues, el tren saldrá en tres horas. Así que usted puede alcanzar a su amigo sin tener que apresurarse.

  Verónica se dio cuenta de que quizá estaba molestando a la chica, preguntando por paraderos que no eran responsabilidad suya. Se disculpó y aseguró que el asunto de Víctor no se repetiría. La chica dijo que no había cuidado y que se alegraba de tener a Rex en el pueblo.

  —Por cierto —a?adió Verónica—, ?cómo conoce a Rex?

  —Fuimos juntos a la escuela primaria. No sé si la terminó —formó una sonrisa—. Se metía en todo tipo de problemas. Desde que lo conozco le ha gustado ir en contra de las reglas. Un día me fui con mi padre y le dije que si alguna vez visitaba San Domingo, me escribiera.

  Miroslava mostró una hoja de papel doblada.

  —Debió escribirla antes de partir. Es chistoso. No me lo imagino yendo a una oficina postal.

  —No me lo imagino escribiendo.

  Verónica notó bastantes faltas de ortografía. Pensó “Si va a ense?arme a disparar, yo le voy a ense?ar a leer”. Levantó los ojos. Se encontró con los de Miroslava.

  —?Todo este tiempo memorizó tu dirección?

  —Todo este tiempo pudo escribirme y decidió no hacerlo.

  De repente Verónica entendió que, para Miroslava, Rex era casi un fantasma. La chica estaba depositando su confianza entera en un recuerdo. Alguien que no veía desde hace más de veinte a?os. “Ninguna persona ordinaria”, pensó, “dejaría entrar a dos completos extra?os a su vivienda”. Lo cual quería decir que ella era más allá de ordinaria.

  Verónica preguntó a Miroslava si ésta sabía que Rex había sido víctima de una horrible traición.

  La chica negó con la cabeza.

  —él tenía socios que se hacían llamar sus amigos. Le dispararon. Lo dejaron por muerto. Ahora no confía en nadie. A veces ni siquiera sé si confía en mí y en Víctor. Pero te escribió a ti. Incluso te dijo dónde iba a estar. Te ve como un lugar seguro. Y eso es muy especial, Miroslava.

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