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El tiroteo de San Domingo (Parte 13)

  Miroslava se dejó caer de rodillas junto a Víctor para agarrar el brazo de Ridge.

  —?Ya basta, por favor! ?Dijiste que ya no matarías a nadie!

  El bandido se quitó a la mujer de un codazo, tumbándola al suelo y mirándola con una mezcla de lástima y desdén.

  —No te metas en esto —le dijo.

  Víctor y Rex intercambiaron una mirada por tan solo una fracción de segundo. Ambos habían escuchado lo que necesitaban oír: “no matarían a Verónica”. Ambos habían hecho las mismas cuentas en sus cabezas; cinco hombres y James, pero James había vaciado su pistola en Blanco y el hombre que sostenía a Verónica no sería una amenaza. Otro de los hombres había ido por el sheriff, dejando solo a Ridge con Víctor, Jerry con Rex, y un tercero cerca. Al otro lado de la calle y sobre su caballo, Cruz debatía si irse o regresar, pero cuando vio la mirada que Víctor y Rex le dirigieron, entendió que lo necesitaban y supo que no podría vivir en paz si su cobardía le costaba la vida a esos dos hombres. Sin palabras, los tres organizaron el plan al mismo tiempo y lo ejecutaron con perfecta coordinación.

  Cruz cabalgó y disparó, sabiendo que no le atinaría a nadie, pero ese no era el punto. Después del minuto de silencio en el que habían estado, un balazo alertaría a todos, y unos forajidos poco experimentados como Ridge y Chu buscarían cubrirse, desatendiendo sus puestos. En cuanto Víctor y Rex sintieron que sus captores se distrajeron, se alzaron de un brinco y giraron los dos, azotando a sus respectivos enemigos entre ellos. El tercer hombre tuvo que alternar su vista entre el jinete que se aproximaba y los dos prisioneros que se acababan de alzar; el tiempo que le tomó decidir le costó pesadamente, pues justo antes de apuntarles a Rex y Víctor, Cruz le disparó y lo derribó. El captor de Verónica solo se había puesto tenso y la había arrastrado un poco, y el hombre que había ido por el sheriff se distrajo lo suficiente para que el alguacil saliera de su escondite y lo incapacitara con un disparo. James fue el único que supo qué hacer y se arrojó al suelo para rodar y arrastrarse. Habría sido una imagen graciosa si no hubiese sido igual de peligrosa, pues al terminar su movimiento se encontraba en la esquina de la taberna terminando de recargar su pistola. Pero ya era tarde.

  Víctor y Rex habían recuperado sus armas. Mientras que Víctor se giró para apuntar al hombre que tenía a Verónica, Rex volteó hacia James y la sincronía perfecta terminó. Cruz también salió del estado en el que los tres se encontraban y dio media vuelta para alejarse cabalgando —quizás alcanzaría a Raúl; quizás no. Verónica forcejeó un poco y el que la sostenía trató de someterla, pero ahora estaba ocupado con Víctor.

  —Deja ir a la se?orita —habló el oficial, impasible.

  El hombre volteó a ver a James, quien estaba en su propio punto muerto con Rex, y regresó la vista a Víctor. Su jefe le había dicho que no debían matar a Verónica, por lo que no tenía ninguna ventaja, pero podría farolear. Dejó ir a Verónica sin dejar de apuntarle y empezó a retroceder, con los ojos puestos en su oponente. Víctor tuvo que dejarlo ir —no podía arriesgarse a que le dispararan a la se?orita Lombarde.

  Por su parte, James y Rex escucharon los pasos del hombre alejándose. Ahora solo quedaban ellos, cada uno con un revólver frente al otro.

  Los dos dispararon al mismo tiempo. James, por su parte, sabía que la única forma de ganar ventaja contra Rex era jugar sucio, un truco que había funcionado antes. No había razón para abstenerse de repetirlo. Le disparó a Miroslava, la primera persona que vio a espaldas de Rex.

  Aquella decisión fue quizá la única que alejó a James de un destino aciago, pues Rex le hubiera dado en la cabeza de haber recibido la bala él mismo. Sin embargo, James sabía que Rex sentía compasión. Más importante, James consideraba que la compasión era una debilidad. Estando Rex al tanto de la posición de todos sus aliados, en todos sus alrededores, la lógica dictaba que se distraería al notar el cambio en la puntería de su enemigo. Tal breve desconcierto causó que el proyectil de Rex se desviara una milésima de grado.

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  Al igual que un dedo índice colocándose al final de unos labios y haciendo presión hasta hundirse en la mejilla, la bala estiró la carne del rostro de James hasta desgarrarla. Se llevó consigo el lóbulo de una de sus orejas. Y de haber golpeado un poco más cerca, James podría haber perdido un par de muelas que después Rex hubiera encontrado descansando en el suelo llenas de sangre.

  Por primera vez en derrota, James soltó un grito visceral, sin maldiciones o palabras coherentes. Se colocó la mano en el rostro y aulló como alguien recibiendo tortura. Trató de esconderse atrás de algún muro, pero Rex ya estaba listo para dar un segundo tiro, esta vez letal.

  Sin embargo, los cimientos de la casa de Miroslava dejaron de soportar tanto ardor. Cedieron de la misma forma que en un terremoto. Colapsando sobre sí mismos en un abrir y cerrar de ojos. El techo se deshizo en partes, el piso de arriba desapareció junto con el de abajo. Cualquier rastro de la construcción que aún se mantenía con vida cayó violentamente hacia la tierra. Al chocar, la tempestad se expandió en un instante. Impidió a todos ver y, también, respirar.

  Los ojos de Rex se llenaron de acidez. Su nariz y boca de escozor, pues habían recibido microscópicos pedazos de hollín, astillas y arena. Su enemigo, James, se envolvió en un manto grisáceo hasta desaparecer de su vista. Los edificios se esfumaron por igual. Rex tosió y tosió. Perdió la postura y terminó de brazos y piernas en la tierra, que estaba caliente. “?Rex!” escuchaba a sus amigos decir a la distancia, pero la falta de oxígeno no le permitía levantarse. También escuchaba los jadeos de James. Parecía que se alejaban, o tal vez sólo era su consciencia difuminándose por los efectos de la peligrosa nébula.

  Verónica y Víctor lograron salir.

  —?Rex! —gritó Verónica—. ?Se está asfixiando!

  —Se?orita Lombarde, ?espere!

  Y Verónica se sumergió en la neblina.

  Víctor miró alrededor para asegurarse de que James en verdad se hubiera ido —no necesitaban más desagradables sorpresas. El sheriff estaba acercándose con terror en los ojos al ver que el fuego estaba en riesgo de propagarse a otros edificios, y pronto se puso a gritar órdenes para que el resto del pueblo, despertado por el tiroteo, saliera a ayudar a controlar el incendio.

  —?Víctor! —gritó Verónica desde la nube de polvo y humo que por fin comenzaba a disiparse.

  El oficial corrió a su lado y la ayudó a arrastrar a Rex, quien estaba tosiendo y respirando con dificultad. Cuando por fin lo movieron al aire limpio, Verónica lo soltó y se desplomó a su lado, liberando un suspiro de alivio ahora que todo había terminado.

  Víctor se mantuvo de pie cerca de sus compa?eros, y vio que los habitantes de San Domingo ya comenzaban a movilizarse. El fuego apenas estaba lamiendo las paredes vecinas de lo que había sido la casa de Miroslava, así que probablemente lograrían apagarlo. La due?a de la casa yacía entre todos los cuerpos de bandidos y cazarrecompensas que decoraban lúgubremente la calle. Su muerte había marcado el final del tiroteo y había sido silenciosa. Víctor nunca se acostumbraba al silencio. Uno asumiría que morir debía ser espantoso, doloroso y ruidoso; pero cuando una bala era certera al corazón o la cabeza, el único ruido que se oía era el del cuerpo al caer al piso.

  —?Víctor? —preguntó Verónica desde el suelo.

  Rex se incorporó y también miró a su compa?ero. No dijo nada, pues vio que Víctor estaba terminando de procesar la situación. Seguro estaba contando en su cabeza el número de muertos. Rex llevó la cuenta desde el principio: catorce hombres de James, tres cazarrecompensas y la se?orita Miroslava. Suspiró.

  —Escapó… —dijo con su voz más áspera de lo normal por el humo.

  —Escapó —confirmó Víctor, quien por fin enfundó su arma y se dejó caer junto a Rex y Verónica.

  Verónica los miró en silencio por un momento. Los locales por fin terminaron de acarrear agua desde el pozo en varias cubetas y extinguieron las llamas más cercanas a los edificios adyacentes. Los cimientos de la casa de Miroslava ya se habían consumido y ahora solo quedaban ascuas y cenizas.

  Ahora que estaban a salvo, por fin, la se?orita Lombarde se permitió pensar en lo que James había dicho.

  —Su empleador… —dijo la mujer, y los hombres la miraron—. Me quiere con vida.

  Víctor asintió como si hubiese sido una pregunta; Rex solo la miró con ojos que, bajo la luz de la luna y el suave resplandor del rescoldo, parecían grises.

  —Ben James está trabajando para alguien —reafirmó Verónica.

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