Día 29
"Gloria a los cielos, de donde fluyen los secretos; gloria al gran sol, cuya luz alimenta a la Gran Madre". Pero las palabras del canto matutino se ahogaron en un suspiro profundo que escapó de los labios de Namys. La clase había terminado, y un silencio anormalmente tenso se apoderó del salón. Lo sabía al instante: el sacerdote Feno Eilrie aún proyectaba su presencia. ?Cómo se atrevía? Tras un tenso intercambio de cartas, Namys había descubierto la verdad: aquel hombre imprudente había intentado dominar una máscara de bestia mágica de rango plata y había fracasado, dejando como secuela ese aura de silencio opresivo e incontrolable que ahora impregnaba todo.
Crack.
Una punzada de dolor le recordó su propia frustración. Miró su mano: los nudillos estaban inflamados y dos dedos se doblaban en un ángulo antinatural. Con un gesto sereno que ocultaba su furia, tomó una semilla de su bolsillo. Bajo su murmullo, la semilla germinó al instante, tejiéndose alrededor de su mano como un guante viviente que inmovilizó y comenzó a sanar la fractura. Su mirada, sin embargo, se clavó en los ni?os—elfos, humanos, arpídeos— que, amedrentados, conversaban en susurros. Nadie se atrevía a elevar la voz. Nadie se había inmutado siquiera por el golpe que había dado al árbol. Eso la enfurecía aún más.
Con la determinación fría de quien debe poner orden, se dirigió al interior del templo. Allí, como esperaba, encontró a Gazazo. El coloso estaba arrodillado frente al capullo de Togaz, inmóvil, ba?ado por un haz de luz solar que se filtraba desde el techo. A pesar de su imponente cuerpo, Gazazo se lamía inconscientemente el labio inferior, un gesto de vulnerabilidad que delataba su agotamiento. Las cicatrices que surcaban su piel—unas finas como de cuchilla, otras crudas como de bala— contaban historias de una vida de violencia. La máscara de águila yornal reposaba en su cintura, mientras su alabarda y su escopeta yacían en el suelo. Un tenue aroma a frutas ba?adas en jabón emanaba de él; un recordatorio de que Namys había tenido que imponer la regla de que todo visitante debía ba?arse antes de entrar.
Namys observó sus propias manos, ahora vendadas por la planta, y tomó una respiración profunda para calmar su ira.
—Gazazo,?cómo estás? Veo que viniste a ver a Togaz —dijo, con una sonrisa que intentaba ser tranquilizadora.
La sonrisa se quebró en sus labios al no obtener ninguna reacción. Gazazo ni siquiera volvió la cabeza. Simplemente, se levantó con movimientos lentos pero firmes, recogió sus armas del suelo y se dispuso a marcharse.
—?Gazazo, espera! —Intentó detenerlo, colocándose en su camino, pero él, con un movimiento brusco y cargado de una fuerza contenida, la apartó sin miramientos. Namys cayó al suelo con un golpe sordo.
—?Gazazo, no importa lo que te haya dicho Feno! ?Por favor, cálmate! ?No has dormido en casi dos días! —Suplicó desde el suelo, pero sus palabras cayeron en saco roto.
El duende no detuvo su marcha. Namys, desde el frío del piso, solo pudo observar cómo las flores del capullo de Togaz vibraban levemente, como si acabaran de florecer, emanando ese suave y inquietante brillo anaranjado que ahora lo envolvía todo.
El silencio del templo se quebró con los pasos firmes de un guardia que se plantó tras ella.
—No sé por qué permites que ese mestizo actúe con tanta impunidad. Tuviste que imponer esa ley del ba?o obligatorio por la Devoradora —la voz era áspera, cargada de un desdén que Namys reconoció al instante. No necesitaba volverse para saber que era un recluta nuevo, y para su disgusto, pertenecía a la secta de la Devoradora. Aquellos que solo veían ese aspecto de la Gran Madre no ven la verdadera forma la proveedora, la madre que da todo. Su animadversión hacia Gazazo sonaba a algo personal, pero, de nuevo, no era imposible. La secta de este hombre probablemente profesaba una de esas doctrinas de supremacía racial que tanto detestaba.
—Porque es solo un hombre —respondió Namys con una frialdad deliberada—. Y dime, ?ya cumpliste mi orden?
No quiso sonar tan patética, pero en los últimos días, muchos de sus aliados se habían ido con Gazazo a eliminar amenazas en la zona y a vigilarlo, dejando el templo casi vacío. Se alisó la túnica tres veces, un gesto nervioso, antes de girarse para enfrentar al guardia. Como todos bajo el mando del se?or Norna, era joven, un muchacho que solo había aprendido el oficio sobre la marcha. Y, como tal, aún no dominaba la habilidad elemental de mantener sus opiniones para sí mismo.
—Sí, se?ora. Se hará una fiesta en el castillo del gran se?or Norna. Se dice que el Gran Sacerdote vendrá, y que él y el se?or son buenos amigos —su tono era condescendiente, como si estuviera hablando con una terca. La miraba directamente a la cara, con las orejas arqueadas y una sonrisa burlona. ?Llamar "gran se?or" a un exiliado y "gran sacerdote" a un fracasado?, pensó Namys con amargura. Disfrutaría cuando el mundo les diera un golpe de realidad. Aún no decidía si diría "te lo dije" o se limitaría a observar.
Se sentó con estudiada calma, y el guardia se quedó plantado donde estaba. Un peque?o castigo. Quería ver hasta dónde llegaba su disciplina. Para su decepción, aunque no para su sorpresa, el joven se retiró sin siquiera esperar su despido. El se?or se junta con ese fracaso. Ya puedo imaginar los problemas que causará esa relación. Cerró los ojos e intentó meditar, notando de inmediato que su concentración era más profunda y efectiva cerca del capullo de Togaz. Un efecto secundario inesperado, pero muy bienvenido.
Pasaron varias horas en las que atendió a feligreses de distintas razas, fue invitada a comer y asistió a dos partos. En su caminata de regreso, observó cómo el Zeppelín Port se alzaba por fin, casi completo. Al vestirse para la fiesta, eligió un vestido conservador. No hay hombre o mujer digno en esa reunión, se dijo, ajustándose la máscara ritual con un último gesto de determinación.
—?Oh, gran sacerdotisa!
Un hombre humano se acercó. Vestía pantalones de tela gruesa, un chaleco sin mangas y una camisa blanca de mangas largas. Su apariencia era poco atractiva; si su intención era impresionar a una elfa, solo podía darle puntos por su valentía.
—Espero no molestar, pero—
Antes de que pudiera terminar la frase, varias zarzas emergieron de la nada para sus ojos, brotando del propio cabello de Namys con velocidad letal. Las afiladas espinas atravesaron el pecho del hombre, que cayó al suelo muerto antes de siquiera entender qué había pasado. Namys oyó el grito de pánico de la gente, las voces llamando a los guardias, pero nada de eso la distrajo de observar cómo el cuerpo del hombre se deshacía en polvo y se disipaba en el aire, sin dejar rastro.
—Otro de esos —murmuró para sus adentros. Este intento había sido especialmente decepcionante.
Ignorando a la multitud alterada, continuó su camino hacia el castillo. El trayecto le arrancó un suspiro profundo. Desde hacía unos a?os, humanos y arpídeos, por alguna razón inexplicable, cometían locuras similares, sin aparente miedo a la muerte. Sentían dolor, pero de una forma atenuada, como si no fuera del todo real. Había interrogado a muchos, pero unos lo trataban todo como un juego y otros se metían en un papel demasiado serio. Siempre hablaban en el mismo idioma extra?o, uno que jamás había escuchado en todos sus siglos de vida. Por lo que sabía, los esfuerzos por descifrarlo no habían dado ningún resultado.
Namys ignoró sus preocupaciones previas; debía centrarse en sus objetivos. Llegar al castillo y entrar resultó ser un proceso fluido, sin complicaciones. Al menos los guardias jóvenes —todos de alrededor de diecinueve a?os— entendían los protocolos, aunque notó que la reconstrucción de los muros de cemento avanzaba con lentitud. No era una radical que abogara por usar solo madera, pero el estilo arquitectónico le parecía incorrecto, poco acorde con la elegancia natural que debería primar.
Al entrar en la sala de banquetes, su mirada recorrió el lugar. Vio a varios elfos artesanos, algunas arpías tocando música y, para su horror, a un grupo de humanas vestidas de manera vulgar, rodeadas de hombres cuya atención no parecía deberse a conversaciones profundas o importantes.
El salón era un torpe intento de salón de baile. La pista no estaba correctamente nivelada, y la zona de comida se ubicaba al fondo, en lugar de cerca de la entrada. Además, solo había una mesa para tal fin, cuando lo ideal eran al menos dos. No tenía ganas de acercarse a revisar la selección de alimentos.
Caminó con gracia entre los invitados, intercambiando palabras, riendo levemente ante algunas bromas y asegurando acuerdos para conseguir trabajo para Gazazo y su gente. Cerrando tratos con artesanos para nuevas estatuas, muchos concordaron con ella en varios puntos. Pudo relajarse un poco; la fiesta estaba dando más frutos de los esperados. Sin embargo, no veía por ningún lado a Loreleia ni a su hermano. ?Por suerte, el fracasado está fuera de la vista?, pensó, observando con desdén cómo las mujeres de compa?ía pululaban por el salón.
Como si un rayo los hubiera convocado, los dos jóvenes aparecieron vistiendo la última moda entre los elfos juveniles: ropa ajustada para los hombres y vestidos que mostraban demasiada espalda en el caso de las mujeres. Comprendía que las mujeres élficas no solían tener bustos prominentes, pero esos trucos para simularlo le parecían horteras. La ropa del se?or Norna no imponía el respeto adecuado. Al echar un vistazo al salón, intuyó que muchos compartían su opinión.
Mientras tomaba una copa de jugo de pi?a, notó que el se?or Norna se acercaba a ella con paso rápido. ?Otra falta de modales?, reflexionó, preguntándose de qué familia vendría o quién lo habría educado. Pero sus cavilaciones se truncaron cuando los hombres que la rodeaban empujaron al se?or.
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—?Quién te crees que eres, mocoso, con esa ropa? Acercarse así a una sacerdotisa debería mandarte directo al campo donde naciste —un hombre humano con un gran abrigo y botas pesadas se lanzó a defenderla, ya fuera por ingenuidad o por ambición.
El se?or Norna ignoró al humano, y Namys decidió darle una oportunidad. ?Tal vez viene con urgencia y actuó sin pensar?.
El se?or Norna tomo mi mano para darle un beso con una referencia sin gracia,antes qué pudiera hace algo que me arrepienta,un elfo de unos treinta a?os interceptó a Norna con un reproche:
—?Cómo te atreves a tocar la mano a una dama sin su permiso? ?Quieres pelear?
El elfo levantó al se?or del suelo. Todo el salón observaba el espectáculo. Aunque la falta de modales era una grave falta de respeto, suficiente para que ella se marchara, prefirió otra estrategia.
—Por favor, tenga misericordia. El se?or es joven e inexperto; sus nervios lo han confundido. Viene a llevarme a una reunión, ?verdad? —dijo con dulzura, aunque cada palabra era un cuchillo envainado—. Llegaste un poco tarde, pero te perdono.
El joven elfo soltó a Norna, cuya cara, retorcida por la furia, demostraba por qué era un exiliado y había recibido poca o ninguna educación. Se levantó sin inclinarse ante los invitados, como ella y la diosa merecían.
—Sí, Namys. El Gran Sacerdote te bus— intentó decir Norna, en un juego de poder barato para situarla por debajo del gran fracasado.
Pero para su desgracia, le resultaba demasiado patético..
Con un leve asentimiento, Namys agradeció a ambos caballeros su intervención.
—Guíe el camino. El sacerdote Feno debe estar esperando —dijo el se?or Norna, claramente irritado por haber sido interrumpido a mitad de su frase. Sin mediar más palabras, a?adió con brusquedad—: Siga mi orden.
Pero antes de irse, ella se despidió cortésmente de todos sus nuevos socios. Incluso se tomó un momento para ofrecer discretos consejos a las damas de compa?ía sobre cómo evitar enfermedades. Pasaron cerca de dos horas antes de que la fiesta terminara por completo.
Ver al se?or Norna con el rostro congestionado por la ira —había observado cómo ella se adue?ó de su evento y arruinó su reputación— le resultó una delicia. Pero su impaciencia lo llevó a retirarse sin siquiera un gesto de cortesía. ?Es como si no aprendiera?, reflexionó Namys con desdén.
El trayecto fue rápido y en silencio, otra falta de respeto por parte de Norna. Al llegar a la habitación, ni siquiera le sostuvo la puerta. Namys se arregló la máscara ritual, revisó las semillas ocultas en su cabello y, una vez lista, entró.
Lo que vio la dejó paralizada: el sacerdote fracasado, Feno Eilrie, sentado en una silla de marfil y oro. En menos de lo que tarda un gallo en cantar, su máscara se expandió hasta cubrirle todo el cráneo, su piel adoptó una tonalidad marrón y su cabello se alargó, enredándose de forma amenazante alrededor de los jóvenes elfos que custodiaban la sala. Sabía que tal vez exageraba, pero no estaba dispuesta a correr riesgos: si aquella silla era una réplica del Trono del Se?or del Oro, su muerte podría ser horrible.
—Namys, entiendo que esta belleza te alarme, pero te aseguro que no quiero pelear. Solo busco darte información sobre la ni?a del capullo. Así que suelta a los jóvenes —dijo Feno con una calma que le pareció fingida.
??Cree que confiaré en alguien sentado en una réplica de esa cosa??, pensó, maldiciendo mentalmente al mago que logró crear esas copias.
—Está bien, está bien —cedió Feno, levantando las manos—. Solo quiero decirte que esa joven tiene una llama muy fuerte. Su voluntad le permitirá elegir mejor su evolución. Que el padre mestizo, usando ese tótem, la está alimentando… y que me disculpo por lo que mi presencia en el templo causó. Como ves, estoy encerrado en este castillo hasta que el se?or ya no necesite de mis servicios. He visto que el se?or Norna no comprende muchas cosas… puedo ayudarte.
La información era útil, pero Namys detectó la trampa: Feno estaba tan prisionero como pretendía parecer, y su ?condición? probablemente duraría hasta que Norna dejara de ser adicto al aura del sacerdote, que le permitía pensar con claridad.
En ese momento, su opinión sobre el se?or Norna decayó aún más. Había tomado un camino rápido y sin reflexionar en las consecuencias, y ahora tenía una víbora en su sala. —por eso este hombre me llamó—. Me necesita de su lado para evitar que informe a los superiores por el patético comportamiento del se?or Norna y el suyo. Claro, como exiliado en territorio propio, técnicamente el se?or Norna ya no era parte del Reino Esmeralda como se?or, aunque conservaba la ciudadanía. Una elección estúpida, solo por independencia. Por eso, más allá de retirarle el apoyo, sus superiores no harían nada.
Pero, ?qué hacer? Al recordar a Togaz y a Gazazo, entendió que debía actuar con cautela. Además, Feno debía tener algo que le daba la confianza de que ella no tomaría represalias.
—Acepto tu ayuda. Espero que podamos vernos ma?ana para hablar de varios asuntos —declaró con serenidad.
Se retiró con calma, liberando a los dos jóvenes elfos que había inmovilizado. Observó con desprecio cómo, en lugar de mostrar enfado, estos solo parecían aliviados. Patéticos.
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Magui se ajustó la máscara de gato ardiente con un movimiento nervioso. "Bueno, mi nombre es Magui. Tengo veintisiete a?os". La presentación se ahogó en un silencio incómodo; Gazazo era un muro de piedra. Namys había ordenado incluirlo en las misiones, y aunque Magui se resistía a pensar lo peor de un padre en apuros, su mutismo la ponía tensa. Al menos contaba con Yiusk, el varano de dos metros equipado con una máscara de bestia dragón para emergencias. Eso le daba cierto alivio.
El paisaje desfilaba rápidamente gracias a otro favor de su patrona: un carruaje de campo con runas de levitación. Sin ellas, Yiusk y Gazazo —cada uno bien por encima de los cien kilos— habrían hecho inviables las misiones lucrativas. Magui lanzó una mirada elocuente al varano, que ocupaba el asiento del copiloto y fingía no notarla. ?Esa lagartija devora gemas de maná como si fueran caramelos?, pensó, resignada.
Su equipo lo completaban el elfo Respen y los "gemelos maravilla", Gu. Un grupo cohesionado... y luego estaba Gazazo, que solo respondía con asentimientos y mantenía una mano sobre el bolsillo donde guardaba el tótem. Magui agradecía que Respen llevara el peso de la conversación.
Con un suspiro, decidió tomar las riendas. Al fin y al cabo, ella era la jefa.
—De acuerdo, ?cuánto falta para llegar? —preguntó.
La misión parecía sencilla en teoría: exterminar una banda de bandidos que creyó que el Nuevo Mundo los salvaría. Estaban equivocados.
—Hace/mucho/tiempo, jefa —resonó la voz de los gemelos en su mente, ese enredo de una mente en dos cuerpos que la volvía loca. ?Un momento, ?qué?!
—Cálmate, jefa —intervino Respen con su voz serena y atractiva—. Te vimos preocupada y enviamos a los gemelos, como siempre.
?Malditos gemelos, nunca avisan?. Magui golpeó el suelo con su bastón y rompió la ilusión que cubría un par de estatuas de piedra, que se desintegraron en polvo. Se pasó una mano por la cara, frustrada. ??Siempre caigo en ese truco!?.
Observó a Gazazo, que permanecía impasible. ?Está bien, solo espero que se mantenga centrado?. Ya había dado órdenes de neutralizarlo de forma no letal si era necesario.
El vehículo se detuvo con un chirrido de protesta. Magui suspiró al imaginar las cinco horas de mantenimiento y el dinero que se esfumarían. Mientras se lamentaba, los gemelos informaron: la banda había crecido de cincuenta a unos ciento sesenta miembros. Su armamento seguía siendo ligero, con un par de enmascarados; nada del otro mundo. El verdadero problema era su base.
—Estos/tipos/son/hombres topo —explicaron los gemelos—. Una colina/como base. Es genial/y/genial.
Magui se confundió, aún intentando descifrar cómo referirse a su(s) compa?ero(s) mientras calculaba cómo una base en una colina reducía la potencia de sus explosivos.
Yiusk sugirió un derrumbe controlado y enviar a los gemelos a investigar las salidas. Respen se opuso de inmediato: sería demasiado lento. Además, si la banda tenía conexión con los hombres topo, probablemente fueran los traidores aliados de los tauren, y quizá contaran con una máscara de elemento tierra o apoyo directo. Los gemelos se mantuvieron al margen junto a Gazazo, quien observaba a distancia la base con sus muros y torres de vigilancia.
—Debemos entrar —la voz grave y áspera por el desuso de Gazazo atrajo la atención del grupo.
Magui estaba a punto de concederle la palabra cuando Yiusk lanzó una mirada directa a los demás, haciendo que varios bajaran la cabeza.
—Esto es una pérdida de tiempo. Las salidas pueden ser interminables. Y… ?cómo es que los gemelos saben la cantidad exacta de objetivos? —Gazazo hablaba con calma, con una mano dentro de la bolsa del tótem. Con cada palabra, Magui se daba cuenta de que tenía sentido. él se giró para mirar a los gemelos, quienes intentaron huir, pero varias flechas que impactaron a su alrededor formaron una red eléctrica que los inmovilizó al instante.
Mientras Yiusk y Respen los interrogaban, Magui observó a Gazazo mirando al vacío. Por un segundo, creyó ver una leve luz naranja sobre su cuerpo. ?Al menos nos salvó de una buena?, pensó, frunciendo el ce?o. ?Los gemelos están bien, fueron atrapados, no… no están muertos, están vivos?. Su respiración subía y bajaba como una locomotora.
—Son unos enmascarados encantadores e ilusionistas muy buenos. Los originales están dentro, en una celda —dijo Respen con una calma serena que Magui desearía tener; ella apenas podía contener sus ganas de matar a esa escoria. Le agradeció a Yiusk la mano firme que este posó sobre su hombro.
—Tenemos sus entradas y algunas salidas. Hay unas setenta personas comunes con armamento ligero de bajo calibre y tres enmascarados. Dos son los conocidos; el nuevo es un humano fugitivo de la ley, gemas extras. Estos dos son el apoyo de una organización —Yiusk terminó el informe con la cabeza de uno de los bandidos en sus manos, totalmente desfigurada por la furia.
Con la información obtenida, emboscar a los bandidos fue fácil. Gazazo manejó la situación con una brutalidad sobrecogedora; su alabarda lanzaba cuchillas de viento mortales. Incluso Magui tuvo que contener el vómito cuando la cabeza del enmascarado estalló tras un golpe directo.
Yiusk observaba a Gazazo con una vigilancia constante. Magui lo entendía: odiaba tener gente peligrosa en el grupo. Pero, como líder, su preocupación debía abarcar a todos, no solo a sí misma. Notaba cómo Respen, en más de una ocasión, apuntaba a Gazazo de forma disimulada con sus armas cada vez que este terminaba de matar y se detenía a realizar esos inquietantes sacrificios al tótem. Ella lo comprendía; como creyente de una diosa, ver un tótem así era motivo suficiente para mantenerse alerta.
Por suerte, los gemelos verdaderos estaban libres. Habían tenido que inyectarles su medicina de urgencia tras encontrarlos en pleno conflicto interno, forcejeando en el suelo de su celda. Todos sus guardias habían muerto defendiéndolos. Magui solo podía agradecer que el espectáculo hubiera terminado.
Gazazo, por alguna razón, no se detenía. Magui lo veía temblar, consumido por una duda que parecía devorarlo. Con gestos secos, los guio para que lo siguieran a una distancia prudente. Aunque ella debía concentrarse en el camino, no pudo evitar notar una leve luz azul que emanaba del tótem y lo guiaba como un faro espectral.
Después de horas de seguir esa tenue estela, lo observó entrar en una habitación lateral. Allí, en un altar improvisado, habitaba otro tótem bandido. En ese momento, agradeció no ser tan sensible a las energías místicas, porque lo que percibía era suficiente: un grito de dolor puro, desgarrador, que no provenía del aire sino de la misma conexión de Gazazo con su tótem. Vio cómo la sangre comenzaba a brotar de sus oídos. Su tótem lo estaba forzando, obligándolo a colocar el artefacto consigo mismo frente al tótem enemigo. Este último solo emitió un quejido agudo y penetrante antes de ser consumido, desvaneciéndose en una nube de polvo oscuro.
Gazazo emergió de la habitación con el cuerpo aún tembloroso, pero con una sonrisa macabra dibujada en sus labios ensangrentados.
—Trabajo hecho.Al templo —anunció con voz ronca.
Magui solo asintió. Sabía, con una certeza que le heló el alma, que Gazazo sería un problema cada vez mayor. Y el hecho de que los bandidos tuvieran su propio tótem no era una anomalía; era una amenaza tan grande, o quizá mayor, que el propio duende.
Fin

