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Este Será un Capítulo en Mi Historia

  Día 95

  Narel abrió los ojos al sentir unas gotas frescas caer sobre sus párpados. Sin prisa, contó hasta tres antes de sentarse en el borde de la cama. Su mirada se posó en la flor de gota ardiente junto a su mesilla. Un ardor leve y familiar le recorrió la cara para disipar los últimos vestigios del sue?o, sacó del cajón un ungüento y se aplicó una cantidad generosa en el rostro. El frescor intenso, casi punzante, acabó de despejar su mente.

  Se giró hacia el espejo del armario. La imagen que le devolvió era la de un joven elfo de cabello negro azabache, liso y perfecto como una moneda recién acu?ada, que parecía absorber la luz de la habitación. Con movimientos metódicos, se dirigió a su ba?o privado, donde dedicó los siguientes treinta minutos a su aseo. Al salir, enfundó una camisa a cuadros —regalo de su tío—, un pantalón de cordón y unos mocasines marrones que brillaban con un lustro discreto.

  Antes de salir de la habitación, su mirada repasó, como hacía cada ma?ana,los tres diplomas de educación superior, las tres condecoraciones al Mérito Académico, los 3 mapas detallados de la región y, en un lugar central, la fotografía de la familia real donde su madre, Namys, aparecía sentada en un segundo plano, observando con aquella serenidad impenetrable.

  En el pasillo, tres sirvientas humanas lo esperaban. Aunque su presencia seguía siendo un recordatorio de lo lejos que estaban de casa y de su desagrado personal, Narel admitía para sus adentros que eran eficientes. Una de ellas le entregó una taza de café negro, que aceptó con un gesto breve mientras se encaminaba al comedor.

  Su mente, ya en pleno funcionamiento, repasaba la agenda del día: debía hablar con su nueva hermanita, Togaz, esa noche; tratar con Nasal sobre ciertos civiles cuyos pensamientos rayaban en lo peligroso; y obtener de Neia un informe detallado sobre la extracción de elixir.

  Al llegar al comedor, tras deslizar la puerta corrediza, encontró a Nasal y su bella esposa ya sentados. Neia, enfundada en un traje de corte impecable, lo recibió con una leve inclinación de cabeza. Su madre, Namys, presidía la mesa con esa mirada ágil y penetrante que nunca parecía descansar.

  Tras el rezo ritual a la Gran Madre Silvana —aquella que los guiaba en el eterno ciclo de la vida—, una nostalgia sosegada invadió a Narel. La escena le recordó aquellos a?os de su juventud, cuando apenas tenía cuarenta, Neia jugaba con piedras en el jardín y Nasal ya tenía una seriedad que envidiada.

  El desayuno transcurrió con la tranquilidad y el equilibrio nutritivo habitual: fríjoles rojos picantes, sopa de hueso y pan fresco. Sin embargo, Narel notó la tensión en el aire. Su madre estaba visiblemente irritada. Fue Neia, como la menor, quien sostuvo el peso de la conversación, hablando con Namys sobre las flores bailarinas del invernadero.

  —Gazazo vendrá con el criminal al mediodía —anunció Namys al final de la comida, alzando la vista hacia cada uno de ellos—. Revisen sus agendas, hijos míos.

  Tras esto, su madre se retiró, seguida poco después por sus hermanos. Narel se quedó un momento más, exhalando un suspiro contenido. Sabía que tendría que pasar parte de la tarde en una habitación con ese mestizo… y se sintió inmediatamente culpable por el pensamiento. De ese ser, después de todo, había llegado Togaz. Tamborileó con los dedos sobre la mesa durante unos tres minutos, cerró los ojos con fuerza y se dio una suave palmada en la mejilla. No era momento de divagaciones. Tenía trabajo.

  Con el objetivo claro, se dirigió a su oficina. Se sentó tras el escritorio de roble y dedicó la hora siguiente a revisar informes, uno tras otro. Los datos sobre las 167 familias bajo su protección —y en constante crecimiento— le produjeron una satisfacción moderada. La afluencia controlada desde los pueblos cercanos era prometedora; sus proyecciones indicaban que podrían duplicar o incluso triplicar esa cifra en cinco a?os. Pero el oto?o avanzaba, y con él se acercaba el mes del Umbral. Los cultistas se volverían más activos, y no estaba seguro de que sus defensas actuales pudieran soportar un asalto intenso y coordinado.

  Se encontró mordisqueando el extremo de un lápiz, un hábito poco digno de un noble, pero carecían de los costosos lápices comestibles que el usaba. Se pasó una mano por el cabello. Los cálculos de suministros lo abrumaban: necesitaban al menos quince mil solárium en alimentos, aunque podría recortarlo a doce mil quinientos en caso de emergencia. Sabía, sin embargo, que jugar con márgenes tan estrejos era un riesgo que no podía permitirse.

  Un discreto golpe en la puerta hizo que Narel alzara la vista. Era una de sus sirvientas personales. La examinó con una mirada rápida pero experta: tendría alrededor de treinta a?os humanos, vestía un uniforme de calidad inferior al estándar que él habría preferido. Un recordatorio mudo de que Lord Norna había sido un administrador derrochador; ahora el mismo lord yacía en una celda de baja categoría por haberse negado a invertir en mejores instalaciones.

  —Se?or, lady Teresa ha llegado para la cita en el invernadero —anunció la mujer con una leve inclinación.

  Esto lo emocionó profundamente. Una oportunidad genuina de tender puentes entre ciudades, incluso si una de ellas seguía en ruinas. Era un movimiento estratégico crucial.

  Antes de salir, Narel se revisó en el reflejo del espejo de su oficina. Se aplicó una dosis discreta de colonia, espolvoreó un poco de talco para disimular cualquier brillo indeseado en el rostro y, tras enderezarse, salió por la puerta. A paso rápido pero mesurado, llegó al invernadero, donde el aire cálido y húmedo estaba cargado del perfume de rosas élficas y de otras plantas medicinales que crecían con el vigor característico de su raza.

  En uno de los sillones de mimbre, ya la esperaba. Teresa, líder de la Casa del Dolor, se?ora de un culto dedicado a Ludus, patrón de la mala suerte y los juegos. Vestía un elegante vestido que se sostenía apenas sobre sus hombros, con un largo hasta la rodilla, debajo del cual asomaban medias finas. Su cabello rosa estaba recogido en dos pulcras coletas.

  —Narel, ?cómo estás? —Su voz era dulce, melosa como el pastel que llevaba a sus finos labios. Narel tomó asiento frente a ella, manteniendo la espalda recta pero sin rigidez. Calculaba cada gesto: no quería parecer distante, pero tampoco demasiado relajado. Era fundamental proyectar la imagen correcta para cultivar esta... relación comercial.

  —Teresa, es un honor recibir a la Dama de la Ciudad de los Juegos en mi humilde hogar —respondió, tomando una rebanada del pastel de manzana. Un bocado le trajo un recuerdo agridulce, instantáneamente aplastado por el recordatorio mental de dónde estaba y con quién trataba.

  —Ooo, eres un coqueto, Narel —dijo ella, inclinando ligeramente la cabeza—. Pero mi ciudad aún no es la joya de esta tierra. Todavía no.

  Narel, sintiendo que tenía la ventaja, sacó un poco el pecho. Sabía que esta era una oportunidad de oro. Solo debía manejar a esta dama con la elegancia y distinción propias de su linaje.

  Pasaron las siguientes horas hablando de temas intrascendentes pero necesarios: el clima inusualmente frío, la belleza de las rosas a su alrededor, el potencial de unas minas de oro en disputa, las similitudes y diferencias entre la iglesia de Silvana y los cultos a Ludus.

  —Ludus es un patrón que me trata como su amuleto de buena suerte, ?sabes? —comentó Teresa entre sorbos de té, con unos modales impecables que delataban su crianza.

  —Solo espero que no te lastime, Teresa —repuso Narel, jugando cuidadosamente con el borde de su servilleta—. La suerte puede consumirse, y entonces ya no podría disfrutar de tu compa?ía.

  —No estoy segura de que un viejo verde de más de cien a?os sea tan confiable, ?sabes? —dijo ella con una sonrisa pícara, apretando los dientes levemente. Narel notó, con cierto desdén interno, que para los estándares élficos sus ciento treinta a?os eran apenas el inicio de la madurez.

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  —Teresa, te aseguro que solo albergo los mejores deseos en mi corazón —afirmó, tomando su mano con suavidad y colocándola sobre su propio pecho—. Escucha. Late joven y fuerte, como un corcel.

  —Jajajaja, ay, Narel, eres encantador —se rió ella, liberando su mano con un movimiento lento pero firme, como una mariposa que se aleja—. Pero se nos acaba el tiempo. Enviaré a mis subordinados para afinar los detalles.

  Se levantó, y con pasos a la vez firmes y suaves, comenzó a alejarse entre la vegetación.

  —Te espero en la fiesta —dijo él, tragando saliva sin querer mientras observaba su figura alejarse.

  Una risita leve, fina como el cristal, resonó como única respuesta.

  Al quedarse solo, Narel exhaló. Había salido muy bien. Una gran cita, una reunión de negocios productiva, un té excelente. Y Nasal decía que conseguir citas es complicado. Una sonrisa de satisfacción, apenas contenida, se dibujó en sus labios.

  Con una sonrisa de satisfacción aún en los labios, Narel se premió con un cigarrillo Culi-Cuk. Se lo había regalado su padre en el ocaso de su vida —que ahora los gusanos se lo estuvieran comiendo— y lo había estado guardando para una ocasión especial. Una sirvienta se acercó a proporcionarle fuego. Dio varias caladas profundas; el tabaco tenía un sabor agrio con un regusto dulce al final.

  —Todo es agrio hasta que se vuelve dulce —repitió el eslogan de la marca en un murmullo, recordando cómo su padre le decía que fumarían juntos cuando fuera un hombre. Tomó un último suspiro de humo antes de aplastar el cigarrillo. Ya era hora de acudir a la audiencia con su madre.

  Su paso era liviano, la sonrisa aún no se borraba de su rostro. Mientras caminaba por los corredores del castillo, le vinieron recuerdos de sus días como mayordomo bajo Lord Norna, el antiguo amo de la fortaleza. Un verdadero baldón para su generación. Su hermana también había sido una mancha en el honor del Imperio. Solo esperaba que los meses de reclusión y el programa de reeducación bastaran para enderezarlos. Los elfos tenían una reputación que mantener, después de todo.

  Entró en la gran oficina de juicios, una de las pocas estancias que ya estaban bien construidas, aunque aún le faltaba mucho para alcanzar su esplendor potencial. En el centro, sentada tras un gran escritorio, estaba su madre, flanqueada por Neia y Nasal. Narel ocupó su lugar al lado de su hermano mayor.

  —Entonces, ?cómo fue tu cita con esa cultista? —le lanzó Nasal la pregunta, y para vergüenza de Narel, este tardó más de lo deseable en responder—. Siempre supe que hasta la rama más recta se inclina algún día.

  Narel sintió que empezaba a sudar. Percibía la mirada de su madre, expectante, esperando un informe favorable. Tragó saliva con dificultad.

  —Fue... encantadora. Y funcional —contestó, esperando que fuera suficiente.

  Su madre solo alzó una ceja. Incluso esbozó una peque?a sonrisa que compartió con Nasal, como si ambos supieran algo que él, el hermano menor, ignoraba. Por suerte, al mirar a Neia, encontró en su expresión de desconcierto una compa?era involuntaria en ese momento.

  —La extracción de elixir será de un barril de veinte litros diarios —informó Neia, cambiando de tema. Junto con esos datos, compartió sus preocupaciones de seguridad: muchos comerciantes pasaban ahora por la zona con escoltas inusualmente armadas. Por el momento no había incidentes, pero era otro problema más para la lista.

  —Neia, tus preocupaciones son válidas. Te aseguro que en unos días llegarán refuerzos —intervino Nasal, lanzándose a calmar a la peque?a, aunque, como Narel sabía, los refuerzos ya estaban en camino. Nasal siempre tiene que..., pensó Narel, apretando los pu?os bajo la mesa en un esfuerzo por calmarse.

  Sin el menor protocolo, el mestizo entró en la sala. Todos se pusieron rectos al unísono. Narel decidió que gestionaría su irritación por aquella falta de modales en otro momento. Por ahora, debía supervisar.

  La sirvienta asignada al mestizo llegó detrás de este, portando informes. Siguió el protocolo al pie de la letra: entregó el primero a su madre, el segundo a Nasal, el tercero a él y el último a Neia. Todos abrieron las carpetas y pasaron las hojas en el mismo orden solemne.

  Una emboscada. Nada raro. Leónidas había parecido muy relajado, no como el loco obsesionado con los elfos de los informes. Y al parecer conocía a Gazazo. Eso sorprendió a Narel; el mestizo tenía más contactos de los esperados. El culto estaba como siempre... Hasta que sus ojos encontraron un párrafo concreto. Golpeó la mesa con el pu?o. Todas las miradas se volvieron hacia él.

  —?Cómo que Lord Byron está muerto? —luchó con todas sus fuerzas para no gritar. Sentía cómo sus dientes se apretaban de furia. Y lo peor: había matado a una Madam. Más allá de los problemas inmediatos, las implicaciones...

  El maldito mestizo ni siquiera lo miró. Solo tenía ojos para su madre. Arrogante. Se creía importante. Se creía tan por encima de la ley del Imperio, de la autoridad, que había osado ofender de ese modo a la Gloria Solar. Incluso si eran una minoría frente a su clan, no era razón para iniciar un conflicto abierto. Especialmente en esta época del a?o, cuando los cultos, los seres oscuros y los secretos más profundos del mundo ganaban fuerza

  —Yo me encargaré de ello, Narel. Compórtate —la voz serena de su madre lo sacó de sus pensamientos turbulentos. Respiró hondo y volvió a leer el informe, que ahora le parecía trivial. Su madre despidió a Gazazo con un gesto, y el mestizo salió sin mediar palabra.

  —Esto es problemático —declaró Neia, con una nota de pánico en su voz—. Nos atacarán. Apenas tenemos recursos para vigilar. Tendremos que cambiar toda la defensa, pero si lo hacemos... —Su hermana comenzó a garabatear frenéticamente en sus hojas de datos. él entendía sus preocupaciones: proteger el pueblo les costaría todos sus soldados disponibles.

  Se alisó el pelo con un gesto cansado, sabiendo que la única opción sería resguardarse en el templo y luchar desde allí contra cualquier enemigo que se atreviera a acercarse.

  —Es una desgracia que la fiesta de nuestra familia tenga tanto peligro —comentó Nasal, y hasta él parecía preocupado. Su voz adquirió esa firmeza impostada que siempre usaba cuando quería dar una impresión de control total, como cuando eran ni?os y su madre no volvía a casa durante días.

  Y, claro, cómo podía olvidarlo: la fiesta. Donde vendrían muchos nobles. Donde se cerraría el acuerdo de la autopista. Donde su hermanita despertaría. Donde Teresa conocería a su madre no como una líder cultista, sino como la dama noble due?a de una ciudad en construcción. Todo pendía de un hilo.

  —Esto es un gran desafío —concluyó su madre con un tono claro, tranquilo, digno de su estatus y su historia—. Pero confío en que puedan superar estas dificultades. Saldrán de esto más fuertes y más dignos.

  Para ella, esto no era nada. Solo una nota más en su larga historia. Y yo soy su hijo, pensó Narel con repentina determinación. Esto será un capítulo en mi historia.

  Con esa fuerza renovada, se despidió de su familia. Tenía trabajo que hacer. Su paso era enérgico, casi como el de un elfo escapando de los perros de caza en los juegos escolares. Llegó a la sala donde lo esperaban varios capataces. Su postura era recta como una flecha. Ni siquiera les dirigió la mirada al principio. Limpió meticulosamente su asiento con un pa?uelo antes de recostarse contra el respaldo de su silla, estudiándolos.

  —Espero que los resultados sean hechos. Los pagos están hechos, y sin embargo, el alumbrado público aún no se instala. Hay problemas en las tuberías —dijo, recorriendo con la vista a cada uno de los humanos y tauren api?ados en su oficina—. Díganme por qué no debería colgarlos a todos por incompetencia.

  Todos bajaron la cabeza, lanzándose miradas furtivas entre sí. Algunos se mesaban la barba nerviosos, otros se enjugaban el sudor de la frente, otros bebían grandes sorbos de un jugo de limón agrio.

  —Se?or, debe entender el asunto —por fin, un humano dio un paso al frente—. Muchos de nuestros hombres... les aterra trabajar en estos meses.

  Era una excusa barata. ?Acaso lo trataban como a un tonto?

  —No existen "nuestros hombres". Cada uno de ustedes es contratista independiente, con certificado para trabajar incluso en el Mes de la Muerte —su tono fue contundente, glacial—. No estoy abierto a excusas. Además, mucho equipo de construcción se ha roto. Equipo que debería durar varios a?os, pero sus trabajadores lo parten en días o semanas.

  —Se?or, le doy la razón —intervino otro humano, separándose del grupo—. Pero, por mi parte, como de seguro sabe, ya se instalaron las torretas en las murallas como se me indicó. Además, he reforzado el muro norte.

  El hombre había abandonado a sus asociados al darse cuenta de que Narel no era el tipo de jefe al que se podía enga?ar. Narel notó cómo los otros capataces lanzaban miradas poco amigables al que había hablado. Un soplón, o simplemente alguien más listo.

  Las siguientes horas fueron un suplicio de escuchar excusa tras excusa. Mandó a la cárcel a varios por sinvergüenzas y puso a otros bajo amenaza de muerte si no cumplían con lo pactado.

  —Capataces —concluyó, mirando a los que quedaban como si fueran ni?os rega?ados—. Cada uno de ustedes tiene un trabajo por el que fue contratado. Si quieren volver a casa con una paga digna, espero que para ma?ana haya alumbrado público, que los ba?os públicos estén en funcionamiento y que el muro este listo.

  —Sí, se?or —respondieron al unísono, antes de retirarse en un grupo silencioso y cabizbajo.

  Narel sacó otro cigarrillo y le dio una calada profunda. Exhaló el humo en forma de círculos perfectos, sintiendo cómo le ardía la garganta después de horas gritándole a hombres que ya eran adultos para que hicieran su trabajo. Terminó el cigarrillo y, sin transición, volvió a sus informes. Leyó sobre los nobles que vendrían, la precaria situación de las arpías tras la Gran Tormenta, y cómo los tauren comenzaban a salir de sus zonas seguras para reclamar territorio. La lista de problemas nunca terminaba.

  Fin

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