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Dolor azul

  El cielo era azul... joder, qué cielo tan hermoso.

  Tras una semana en Leokvaar, le había cogido un cari?o estúpido al techo de madera de aquel cuarto. Se había convertido en mi brújula al despertar de las pesadillas, siempre me encontraba allí, contando las vetas hasta que el corazón me dejaba de martillear. Ahora, fuera de esas cuatro paredes, no podía evitar buscar el cielo con la misma intensidad cuando algo me preocupaba. Según Agatha, tras un trauma como el de la cueva, nuestra cabeza busca espacios abiertos por puro instinto de supervivencia. Quien soy yo para contradecir a una maga blanca...

  Me resultaba extra?o encontrar a alguien de su clase en un pueblo tan... olvidado, pero Leokvaar era, en esencia, un refugio de aquellos que por algún motivo no parecían encajar en Finganir. Un lugar lleno de refugiados que, como yo, solo querían que el mundo dejara de golpearlos un rato.

  Bajé la mirada hacia la calle principal, apartando el azul del cielo un poco de mis ojos. Me encontraba sentado en un banco de madera astillada, disfrutando de una brisa racheada que olía a pino y a tierra húmeda. Me sentía bien. Físicamente, el dolor había remitido a un latido sordo, y esa era precisamente la raíz de mi miseria, me sentía culpable por estar sano. Quería encontrar a mis compa?eros, quería gritarles que el tiempo que pasé con ellos fue el mejor de mi vida... pero solo el pensamiento me traía un nudo a la garganta que me impedía tragar. Me negaba a aceptar que Beonir, Rintaro y los demás fueran ahora solo ceniza y silencio.

  Acaricié el arco que descansaba sobre mis muslos. Fue una de las pocas cosas que recuperaron de las ruinas de la taberna, ese cerdo de Porktas había desaparecido y ahora el Yunque de Latón se encontraba sin regente. Beonir lo había conseguido de aquellos sinvergüenzas que intentaron robarnos justo antes de que el dragón lo redujera todo a escombros. Sonreí de forma amarga, pasando los dedos por la madera pulida. En aquel momento nos sentimos invencibles, casi héroes. Pero no escucharéis cantares de aquella haza?a, los héroes suelen tener la mala costumbre de morir, y yo soy el único testigo que queda para contar una historia que a nadie le importa... Que pena no ser bardo, ?Verdad? Os estaríais ahorrando mis quejas y tendríais una rima pegadiza. Pero os habéis quedado conmigo, así que os aguantáis con la prosa de un mago mediocre.

  —?Has aprendido a usar eso ya? —La voz del alcalde rompió mi hilo de mis pensamientos.

  Caminaba hacia mí con su habitual paso pausado, llevaba las manos tras la espalda. Me encogí de hombros, soltando un suspiro que me vació los pulmones.

  —Ian es buen maestro...—contesté, dejando que el arco se sintiera un poco más pesado en mi regazo. —Y de joven salia a cazar con mi padre

  —?No te cae bien el muchacho? —preguntó él, sentándose a mi lado con un crujido de sus viejas articulaciones.

  Negué con la cabeza, mirando mis botas nuevas.

  —Me da grima —admití con una mueca que pretendía ser una sonrisa—. Es el clásico tipo perfecto, brillante, amable... y yo soy un gilipollas integral. Supongo que somos enemigos naturales, elementos opuestos.

  —No creo que seas un gilipollas, Gustab —dijo el viejo, mirando hacia el horizonte—. Solo eres un hombre que ha visto demasiado pronto el abismo del final de su camino. ?Qué harás cuando llegues a la capital?

  Volví a levantar la mirada. El azul seguía allí, indiferente a mis planes. Estaba a punto de decir que no tenía la menor idea, que mi único plan era no morirme de hambre, cuando una voz estridente cortó el aire.

  —?Eh, par de ancianos! Veo que no tenéis ninguna prisa por salir de aquí.

  Sigrid se acercaba con ese paso firme que parecía reclamar la propiedad de cada centímetro de suelo que pisaba. Se plantó ante nosotros con los brazos en jarra y esa mirada de "muévete o te muevo yo".

  —Tranquila, herrera —murmuré, apoyándome en el banco para levantarme—. Agatha me ha dado órdenes estrictas de no hacer esfuerzos innecesarios.

  Ella soltó una carcajada que espantó a un par de gorriones cercanos.

  —Ya, claro. Te vi ayer lanzando una bola de fuego mientras "jugabas" con Ian. No pareces muy lisiado cuando quieres fardar ante el chico de oro.— Si ya puedes lanzar tu magia, puedes cargar un par de cajas.

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  —Te han pillado —a?adió el alcalde con una chispa de diversión en los ojos.

  Asentí, derrotado, y me puse en pie. El peso de la espada de mano y media en mi cadera me recordó que el juego se había acabado.

  —?Nos vamos entonces?

  Sigrid no respondió con palabras, se limitó a hacerme un gesto brusco con la cabeza mientras giraba sobre sus talones. La seguí en silencio, sintiendo cómo el peso de la despedida empezaba a solidificarse en mi estómago. Me giré una última vez hacia el alcalde y extendí la mano. él la estrechó con una fuerza que no esperaba.

  —Vuelve cuando quieras, Gustab. Aquí siempre habrá un techo que mirar.

  No pude contestar. Un nudo traicionero se me apretó en la garganta y tuve que tragar saliva, reprimiendo cualquier frase cínica que me viniera a la mente. Solo asentí y caminé hacia el carro.

  Tanto ella como Donovan me esperaban junto al carromato del minotauro. Los caballos piafaban, nerviosos, captando la tensión del viaje inminente. Sigrid ya había trepado al pescante, acomodándose junto al asiento del conductor, mientras Donovan terminaba de intercambiar unas palabras con Ian.

  —?Estamos listos? —pregunté al llegar a su altura.

  —?Gustab! —Ian se giró y, antes de que pudiera reaccionar, me rodeó con un abrazo efusivo, de esos que te sacan el aire—. No me puedo creer que te vayas. Te voy a echar de menos, de verdad. ?Promete que volverás a visitarnos!

  —Claro... —balbuceé, rojo de vergüenza y sintiéndome más fuera de lugar que nunca.

  Donovan soltó una carcajada profunda que hizo vibrar el aire y subió al carro. La madera gimió bajo su peso masivo. Era una estructura impresionante, con ruedas más gruesas que mi tronco y un sistema de ejes que parecía obra de un relojero loco. Sigrid había dise?ado unos arcos de hierro sobre los ejes, unas "ballestas de suspensión" las llamaba ella, para evitar que el carro se desintegrara en el primer bache bajo el peso del minotauro.

  —Tú vas detrás, mago. Deja de poner cara de pena y monta —me ordenó Sigrid sin mirarme.

  Me despedí de Ian con un gesto torpe. A pesar de que su perfección me producía una envidia corrosiva, el tío era jodidamente encantador. Me senté en la parte trasera del carro, dejando que las piernas colgaran sobre el borde de madera, igual que hacía cuando era ni?o y mi padre me llevaba en su carreta de caza.

  El carro se puso en marcha con un tirón seco. Vi cómo Leokvaar empezaba a empeque?ecer, cómo las casas de madera remendada se fundían con el paisaje. Por alguna razón, me sentí mucho peor abandonando aquel pueblo de refugiados que cuando salí por primera vez de la capital buscando gloria. Allí, al menos, todos estábamos un poco rotos.

  Delante, Donovan y Sigrid hablaban de forma animada, sus voces mezclándose con el traqueteo de las ruedas y el relincho de los caballos. Yo me tumbé cuan largo era, dejando que el arco de Beonir descansara a mi lado. Volví a contemplar el cielo, ese azul infinito que no pedía perdón ni daba explicaciones.

  —Tengo que dejar de mirar el maldito cielo —susurré para mí mismo, cerrando los ojos mientras el primer bache del camino me recordaba que la realidad siempre golpea desde abajo.

  Llevábamos lo suficiente de camino como para que el perfil de Leokvaar se hubiera desdibujado tras la cortina de árboles. Me incorporé sobre el lecho del carro, apoyándome en las cajas de mercancía del minotauro. Mis dedos rozaron por accidente un enorme hacha de dos filos, una pieza de metal soberbio que parecía gritara por ser colgada sobre la chimenea de algún noble adicto a las armas de exhibición, Sigrid también había aprovechado para meter algunas de sus pertenencias.

  Cuando llegué a la altura de Donovan y la herrera, ambos mantenían una discusión que se mezclaba con el olor a cuero viejo y pino húmedo. Sigrid quería ir directa a un pueblo llamado Kangras, pero el minotauro insistía en dar un peque?o rodeo por una ladera donde, según él, crecían unos hongos muy útiles para las pociones de Agatha.

  —?Qué hay de malo en desviarnos? —solté sin pensar.

  Sigrid se giró con una rapidez que me hizo retroceder, mirándome como si me hubiera salido una segunda cabeza.

  —Pensé que querrías llegar lo antes posible a la capital —dijo ella, clavándome los ojos—. ?Es que no te preocupan tus amigos?

  La pregunta me revolvió el estómago más que el bache más profundo del camino.

  —Me gustaría llegar a un gremio para entregar el informe, y para eso no hace falta pisar la capital —contesté, tratando de que la voz no me temblara—. Pero si os digo la verdad... es que no sé si podré cambiar algo.

  —?Qué quieres decir? —insistió la herrera. Parecía molesta, pero su irritación no era nada comparada con el fango que yo sentía dentro.

  —Me gustaría saber qué ha sucedido, encontrarlos... pero me temo que, aunque me sientan algo recuperado, mi cabeza va un paso atras.

  Donovan, que hasta entonces solo había sido una mole silenciosa, asintió con un movimiento pesado.

  —Es normal, morirás si te esfuerzas —zanjó el minotauro, con esa honestidad brutal que solo tienen los que no necesitan mentir para sobrevivir.

  La mirada de Sigrid se suavizó un poco. Creo que empezó a entender lo que realmente me aterrorizaba, la idea de llegar a una oficina de mármol frío donde un burócrata archivara mi informe y declarara a Beonir y Rintaro simplemente como desaparecidos.

  Es lo común en este mundo de mierda. Los aventureros creen que van a matar dragones, pero la mayoría acaba muriendo en la orilla de un camino olvidado, mientras los saqueadores les arrancan las botas a sus cuerpos inertes y las ratas se dan un festín con sus entra?as. Por cada nombre que termina en un cantar de bardo, hay cientos que terminan siendo abono para los cuervos.

  —Nos desviamos pues —murmuró Donovan.

  Sigrid emitió un suspiro exasperado, una especie de rendición sonora, y tiró de las riendas para aprobar la nueva ruta hacia la ladera.

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