El suave vaivén del auto sobre la autopista era gentil. Cómodo. El motor moderno ronroneaba tan bajo que parecía contener la respiración. Dos personas ocupaban el asiento trasero: un hombre y una mujer. Ambos llevaban camisas blancas y corbatas negras.
El hombre, más joven, se sentaba perfectamente erguido. Sus manos sudorosas descansaban firmes sobre los muslos. Cabello rubio prolijamente peinado, aroma impecable, saco abotonado con precisión. No dejaba de mirar con nerviosismo a la mujer mayor a su lado, que, en cambio, llevaba su propio saco como una capa, colgando suelto de los hombros. Ella observaba con serenidad distante a través de la ventana, su iris dorado brillando como una astilla de luz solar atrapada.
El aire acondicionado exhaló un aliento seco, casi inaudible. El reflejo del paisaje que pasaba se fracturaba en el vidrio polarizado, astillándose como un espejo viejo.
Ella no proyectaba sombra sobre la tapicería. La propia luz parecía negarse a tocarla. Su piel reflejaba menos que el asiento de cuero.
él no lograba leer bien su expresión: ?calma, aburrimiento o simple indiferencia? Tampoco podía ver su reflejo: la mujer no tenía ninguno. El vidrio polarizado no devolvía nada. Esa constatación lo inquietó profundamente. Un escalofrío le trepó por la espalda, obligándolo a enderezarse todavía más.
“Theodore, ?verdad?”
El chico se sobresaltó ante la voz suave de su acompa?ante.
“?S-Sí, se?ora!” tartamudeó, enderezándose la corbata y aclarando la garganta. “?Theodore Myers, Unidad 5B!”
Se presentó como un cadete frente a una general. La mujer sonrió, con la mirada aún fija en los campos verdes que se deslizaban junto a la ruta.
“Es un nombre encantador, Myers”, dijo con una risita suave, gentil, aunque oídos atentos habrían notado una advertencia escondida ahí. “Eres el más joven de tu escuadrón, ?no?”
“?Sí, se?ora! ?Tengo veintidós!”
Volvió a reír, satisfecha. Su tono cargaba una calidez casi maternal, como una madre escuchando la primera exposición de su hijo en la escuela.
“No hace falta que estés tan tenso. Yo no soy como el resto de la Gran Mesa”.
Por fin, la mujer de cabello corto y blanco se giró hacia él. Su único ojo lo estudió con una calma que no admitía resistencia. El chico evitó su mirada, quizá por respeto, quizá por miedo puro.
“?Cómo termina un chico como tú en la organización? Seguro había opciones mejores. Oh, disculpa mi curiosidad”, sonrió, casi juguetona. “Solo me gusta hablar mientras viajo. Es agradable. Se escuchan historias tan bonitas cuando uno tiene compa?ía”.
El chico tragó saliva, secándose el sudor frío de la frente. La sensación claustrofóbica crecía a cada segundo: el asiento trasero estrecho, el perfume del piso de goma impecable, el cuero negro perfecto, y la presencia de esa mujer llenándolo todo como una sombra que no dejaba de observarlo. Sabía que debería sentirse honrado, pero su instinto insistía en que los ascensos rápidos siempre traían un precio serio.
“Bueno, yo…” empezó, reuniendo algo de valor. “Estudié en la Academia Velkaris para magos. Cuando empezó la guerra con la República de Soleria, mi familia y yo nos mudamos a Larion…”
Un breve silencio. Ella se inclinó más cerca, sin parpadear; su ojo dorado ardía como una orden.
“Sigue”, susurró, saboreándolo. “No te detengas”.
Theodore volvió a aclararse la garganta. Los recuerdos dolían, y ella los bebía desde su asiento con serenidad eterna.
“Teníamos un restaurante”, dijo con una sonrisa nostálgica, mirando sus propias manos, cuyos bordes aún estaban marcados por quemaduras de bandejas calientes sacadas de hornos de barro. “Mi papá lo renombró cuando nací: Pizzas de Theo. Pero… la guerra no nos perdonó. Perdí a todos mis amigos, mi casa… lo perdimos todo”.
Ella suspiró suavemente por la nariz. Su mirada proyectaba empatía, aunque por dentro no sentía nada, ni lástima, ni tristeza.
“Necesitábamos dinero. Y rápido. Yo… yo era un mago bastante decente en mi clase. Usé todo lo que sabía para invocar un portal y escapar a las provincias cerca de la frontera. Pero no pude salvarlos a todos…” Sus pu?os se cerraron hasta que los nudillos se le pusieron blancos. “Después de eso, limpié pisos en oficinas de la ciudad hasta que alguien me contactó y… bueno, aquí estoy, jaja…”
Exhaló, y el peso se le levantó del pecho. Jamás imaginó confesar todo eso, y mucho menos a alguien como ella.
“Has pasado por bastante”, dijo la mujer con un tono medido. “Eso te hizo más fuerte. Se nota”.
El cumplido lo hizo sonrojarse.
“?N-No, no!” rió con incomodidad. “?No soy tan fuerte! En mi unidad me dicen Chico-Puerta porque dicen que lo único que sé hacer es abrir portales, jaja”. Suspiró, sonriendo apenas. “Además… mi hermanita y yo tuvimos suerte. El resto de mis amigos, los que no fueron obligados a pelear… bueno, usted ya sabe…”
“Sí”, murmuró ella, parpadeando una sola vez, como puntuando la frase. “Muerte”.
El silencio se espesó. Theodore sintió el estómago retorcerse cuando los recuerdos volvieron: los bombardeos, las manos saliendo entre escombros, la sangre mezclada con polvo, el peso de su hermana inconsciente en los brazos mientras corrían del silbido que terminaba en tormentas de fuego sobre los edificios.
Solo el ronroneo bajo del motor llenaba el espacio. El chofer no hacía ningún sonido, ningún movimiento más allá de lo necesario, como un esqueleto de esmoquin operando con precisión mecánica.
“Se?ora, yo…”
“Carmilla”, lo interrumpió con dulzura, formándose una leve sonrisa. “No hace falta ser tan formal. Llámame por mi nombre. Tienes mi permiso”.
El aire pareció enfriarse.
El chico repitió el nombre y sintió que arrastraba sombra y escarcha, como pronunciar una maldición empapada en sangre.
“Carmilla”, repitió. “Por favor no lo tome a mal, pero… ?por qué me eligió para su expedición? Podría haber convocado a toda mi escuadra. Yo no soy ni de cerca tan hábil en combate como Hokart o Vyper”.
Ella no respondió de inmediato. Miró su reloj de pulsera, o quizá solo fingió hacerlo, y luego devolvió la vista al horizonte. El auto mantuvo su ritmo, devorando kilómetros bajo un cielo gris.
La mujer exhaló suavemente, formándose una sonrisa bajo el parche. Y Theodore, sin darse cuenta, acababa de abrir una puerta que debió permanecer cerrada.
“Qué dulce que te preocupes por mí. Lo admito: me encanta cuando mujeres y hombres fuertes pelean por mí, cuando intentan protegerme. Es emocionante. Pero hoy quería algo distinto”. Se inclinó hacia su oído, su aliento frío, como si no viniera de un cuerpo vivo. “Algo más personal. Me gustan los chicos como tú, callados y educados”.
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Su voz era un hilo que nunca temblaba, que no necesitaba calor. Un perfume metálico quedó en el aire, dulce y venenoso a la vez. Sus u?as perfectamente pintadas rozaron su muslo, arrancándole un escalofrío involuntario.
“Sabes”, rió con picardía juguetona, “si sigues comportándote así, quizá te ganes una peque?a recompensa antes del informe final”.
Theodore, congelado entre nervios y confusión, solo pudo asentir, forzando una sonrisa temblorosa. El rubor le trepó por el rostro como fuego.
‘?Dioses, dioses! Nunca tuve suerte con las chicas pero… ?ella tiene como el doble de mi edad! ?Y es mi jefa! Esto parece una de las telenovelas de la abuela, pero mejor. Vamos, vamos, contrólate. Sé un hombre. Recuerda lo que diría Mark…’
Recordó las palabras de su viejo compa?ero de clase, el eterno cazador de amores imposibles: ‘?Mientras más madura la fruta, más rico el sabor!’
El eco de ese pensamiento le dio valor para sostenerle la mirada. Carmilla le sostuvo los ojos, felina, paciente. Delineado perfecto, labios carnosos, su ojo brillando como una joya maldita. Un solo parpadeo suyo bastó para desarmar cada rastro de compostura que le quedaba. Rió con nerviosismo, rascándose la nuca.
Ella sonrió, satisfecha, saboreando su rubor como jugo de cereza aplastado entre los dientes. Luego volvió a mirar el paisaje, contenta con su peque?a victoria.
El silencio que siguió fue casi cálido. Theodore se permitió respirar con normalidad otra vez. Se sintió un poco más relajado con su superior, así que la imitó y miró por la ventana hacia los campos interminables más allá del vidrio. Larion se extendía vasto y apacible.
“Es hermoso”, dijo en voz baja. “Larion. Es un reino hermoso”.
“Sí…” respondió ella, apenas moviendo los labios.
él asintió, recordando la hospitalidad que había recibido a él y a su familia.
“Es como un cuento para ni?os”, continuó. “Todo es tan moderno, tan limpio. Desde que llegué, no tuve ni un solo problema. Bueno, salvo casi perder mi equipaje o perder el colectivo, jaja. Son bastante puntuales con el transporte público, eso es raro”.
Carmilla no respondió. Su mirada vagó por los campos como si admirara un cuadro en un museo silencioso.
“?Por eso querías tomar la autopista?” preguntó. “Podríamos haber usado los portales de la base, o los míos, si me hubieras dado las coordenadas exactas. Pero supongo que te gusta la vista, ?no?”
Ella asintió despacio antes de hablar.
“Hace muchísimos siglos, existió un reino magnífico”, dijo, bajando la voz a un tono crepuscular. “Lo gobernaban los primeros Altos Elfos. La primera raza en la tierra en dominar la magia por completo. Una utopía. El Larion de su época. Pero su nombre y sus reyes fueron borrados por el tiempo. Por gente necia, temerosa de que la historia se repitiera”.
El aire dentro del auto cambió.
Incluso el motor se atrevió a no interrumpirla.
Theodore escuchó, atrapado por la cadencia de su voz. La dejó continuar.
“Isdran.”
Lo pronunció. La palabra cayó como polvo antiguo desde una biblioteca olvidada.
“El último monarca era un hombre de voluntad inquebrantable. Lo llamaban el Rey Hueco, porque así se sentía: vacío. Rompió el equilibrio que alguna vez se juró entre sus ancestros y los de los otros dos Reyes del Equilibrio. Fue su hambre de euforia la que lo llevó a la masacre. Alzó miles de cruces, empalando a sus enemigos, o a quien se le antojara”.
Bajó la ventana.
El aire frío se deslizó dentro de la cabina. Con los dedos, Carmilla trazó una cruz hacia el paisaje que pasaba.
“Fue en estos mismos campos donde él los pintó de rojo. Donde cuervos y moscas se alimentaron durante generaciones de los ni?os y esposas de hombres masacrados”.
Una ráfaga atravesó el vehículo, levantándole el cabello blanco como si el propio viento obedeciera órdenes.
Theodore palideció. Ella lo miró con una ternura fingida antes de volver a subir la ventana.
“Larion fue construido sobre su tumba”, sonrió. “Por eso amo tanto este lugar. Aunque, claro, solo son leyendas”.
“Jaja… sí… solo… leyendas, ?no?” rió, intentando suprimir las náuseas que le provocaba la imagen mental de cadáveres crucificados y arpías mordiendo carne podrida.
El resto del viaje transcurrió en silencio. Carmilla mantuvo la mirada fija en las llanuras, inmóvil y casi ausente. Por primera vez desde su reclutamiento, Theodore deseó que la misión terminara pronto. Cerró los ojos, dejando que el vaivén gentil del vehículo lo llevara al sue?o.
La oscuridad le llenó la mente por completo. Una hora después, una voz dulce lo llamó.
“Theo… despierta, Theo…”
Entre gemidos bajos, abrió los ojos. Una silueta borrosa, la de su madre. Parpadeó, lento y pesado, hasta que entre cada pesta?eo la imagen se afiló en Carmilla, sonriendo mientras jugueteaba con un mechón de su cabello entre sus dedos fríos.
“Buenos días, dormilón~”
Theodore se frotó los ojos, entrecerrándolos ante el brillo que entraba por la puerta abierta. “?Dónde… dónde estamos? ?Cuánto tiempo estuve fuera?”
Ella no respondió, solo le dedicó una media sonrisa antes de bajarse del vehículo.
El chofer esquelético esperaba junto a la puerta, el mismo que se la había abierto. Permanecía inmóvil, aguardando su siguiente orden en un silencio espantoso.
Cuando Carmilla bajó, estiró los brazos con un suspiro renovador. Su abrigo negro jamás se deslizó de sus hombros, una capa que no abandonaría a su reina.
“Los bosques de Freya”, dijo, inhalando hondo para saborear el aroma dulce a resina de los arces que perfumaba el aire. Exhaló, abriendo su ojo dorado para admirar el tapiz naranja y amarillo que el oto?o había pintado sobre los árboles. “Extra?aba escapar de las oficinas. Vamos, todavía tenemos terreno por cubrir”.
Theo salió del auto y se quedó helado al ver las llamas negras ardiendo sobre el cráneo del chofer reanimado. La calavera en llamas se giró con él; sus cuencas vacías seguían cada uno de sus movimientos. Cuando Theodore cerró la puerta, el esqueleto volvió al asiento del conductor, esperando su regreso. A lo lejos, se oía el rugido de otros vehículos corriendo por la ruta distante.
Se puso los guantes de catalizador. Las runas de acero vibraron tenuemente al detectar su maná, encendiéndose en un cerúleo brillante. Luego se apuró detrás de su superior, que ya se internaba en el bosque, sus botas crujiendo las hojas caídas como costillas chamuscadas, las ramas quejándose arriba como vértebras que se parten. Ella parecía disfrutar cada sonido.
El viento soplaba frío, levantándole el abrigo a Carmilla. Sonrió, complacida, caminando con paso seguro mientras el bosque se hacía más denso a su alrededor. Cada ardilla y ave dentro del rango huía al ver a la figura blanca a la distancia. Incluso las termitas enterradas en los troncos parecían sentirla, una presencia extra?a y peligrosa.
“Entonces… ?qué estamos buscando, se?ora Carmilla?” preguntó desde atrás, como un cachorro siguiendo a su due?a.
“Una cripta”, respondió con naturalidad. “Algo así. Está oculta en este bosque”.
Silencio. Una rama se quebró, como si la cordura del chico se partiera.
“?QUé?!” balbuceó Theo, casi entrando en pánico. “P-Pero no trajimos provisiones, ni un mapa, y… y podría haber magos peligrosos o…”
La risa de Carmilla no lo tranquilizó. Solo lo silenció para que ella pudiera seguir.
“Relájate, boy scout”. Cada uno de sus pasos llevaba intención. “Te dije que hoy quería algo distinto. Además, no hace da?o estirar las piernas de vez en cuando, disfrutar un poco de aire fresco. Extra?aba caminar así. Me trae recuerdos”.
El bosque se cerraba sobre ellos, respirando como un pulmón vivo.
Theo tragó saliva. ?Qué clase de recuerdos podía querer decir? Ella nunca hablaba de su pasado, y cuando lo hacía, sus palabras salían vagas, fragmentadas, casi sin sentido. Ni siquiera sabía qué poderes poseía en realidad. No parecía una luchadora, no con esa apariencia refinada e impecable.
El auto ya había quedado fuera de vista hacía rato. Dondequiera que mirara, no había nada más que árboles. Cada segundo le apretaba más el nudo en el pecho. ?Cómo demonios se suponía que debía protegerla a ella, o a sí mismo? Resignado, solo pudo respirar hondo, convenciéndose de que su superior sabía lo que hacía.
Poco a poco, el bosque denso se los tragó por completo. El dosel tapó el sol, proyectando sombras dentadas sobre el camino, sombras que parecían listas para emboscarlos en cualquier momento.
Habían estado caminando varios minutos en silencio. Carmilla iba adelante. él miraba su espalda; su abrigo no se deslizaba ni una sola vez, por más que el viento tirara o por más charcos que pisara.
Todavía no entendía nada. ?Por qué lo había elegido solo a él para acompa?arla? ?Por qué en el cuartel general todos se ponían serios cada vez que mencionaban su nombre? Ella no tenía un nombre clave como otros magos. Hokart, su compa?ero minotauro, un macho con una voluntad más fuerte que el acero valeriano, palidecía en su presencia. Vyper casi no podía sostenerle la mirada. El resto de la escuadra ni lo intentaba.
Sabía que debería sentirse algo honrado. Pero algo en su instinto seguía susurrándole la misma verdad: los ascensos rápidos siempre tienen un precio.
…
…
…
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