home

search

6 - Lilitu va a robar en dos museos… e intercambiar sus botines. La imagen lo hizo sonreír.

  Noé observaba con atención.

  Lilitu parecía profundamente turbada por lo que él había respondido. Su aspecto material era casi perfecto, salvo por un detalle: la mirada. Demasiado profunda, demasiado estable para una humana. Como si algo, detrás de los ojos dorados, siguiera existiendo fuera de la habitación.

  Su ropa le evocaba un atuendo femenino antiguo, de una elegancia simple y arcaica. Un vestido largo de lino claro, ce?ido bajo el pecho por un fino cinturón trenzado, que dejaba los hombros desnudos. La tela parecía a la vez ligera y estructurada, como las que se ven en ciertos frescos del Egipto antiguo: líneas puras, ausencia de ornamento inútil, una sobriedad casi sagrada. La prenda no intentaba seducir, pero realzaba su silueta con una evidencia tranquila.

  Era hermosa, indudablemente.

  Pero, sobre todo, parecía incómoda.

  Sus gestos eran escasos, medidos, como si cada movimiento tuviera que negociarse con ese cuerpo que habitaba mal. Dudaba antes de moverse, como si el espacio le opusiera una resistencia nueva.

  Una multitud de preguntas se agolpaba en la mente de Noé.

  Si era cierto que ella seguía leyendo en él, se vería pronto desbordada. Sin embargo, prefirió creer que cumplía su palabra.

  Decidió conducir el intercambio, con prudencia.

  —Esa forma… —preguntó—,

  —?es fácil de obtener? Y, sobre todo… ?de conservar?

  Lilitu pareció buscar las palabras, como si la lengua humana aún se resistiera a ciertas nociones.

  —Lo más difícil —dijo al fin—

  —no es la forma en sí.

  —Es deslizarme entre las capas temporales sin disociarme.

  Hizo una pausa.

  —La forma fue elegida para ser aceptada visualmente.

  —En cuanto a la duración… ignoro cuánto tiempo podré permanecer así.

  Una sombra cruzó fugazmente su rostro.

  —No domino del todo el principio del retorno —a?adió en voz más baja.

  Noé asintió lentamente y continuó:

  —?Y el espacio?

  —?Puede desplazarse… hasta mí?

  Lilitu cerró los ojos. Se concentró.

  Luego inspiró.

  Y se detuvo, sorprendida.

  Acababa de comprender que respiraba.

  Noé respetó ese silencio, inmóvil.

  Por fin, ella dio un paso.

  Sin deslizamiento. Sin flotación.

  Un paso firme, humano. Luego otro.

  Noé quedó impresionado por la gracia del movimiento. Había algo infinitamente simple, casi un homenaje involuntario a la feminidad humana. Nada teatral. Solo una justeza inesperada.

  Tuvo que hacer un esfuerzo consciente para levantarse también.

  Ahora los separaba un solo paso.

  Ella tenía exactamente su estatura. Lo miraba con una curiosidad te?ida de inquietud, como si temiera interpretar mal lo que descubría.

  Entonces Noé le tendió la mano.

  El gesto era en parte experimental.

  No del todo.

  Lilitu fijó la mano extendida durante un largo instante. Luego la tomó.

  Noé lo esperaba todo… menos eso.

  Nada.

  Nada salvo el calor suave, bien real, de su mano.

  —La forma está… notablemente imitada —murmuró.

  Se arrepintió al instante de sus palabras. Lilitu no pareció ofendida.

  —No es una imitación —respondió con calma—.

  —Lo que soy aquí… es perfectamente humano.

  Y casi de inmediato:

  —?Dónde está el fragmento?

  Noé comprendió enseguida el propósito de su presencia.

  —Está cerca —respondió sin rodeos—.

  —Puedo llevarte hasta él.

  Hizo una pausa y a?adió, deliberadamente más firme:

  —Pero vas a tener que explicarme por qué.

  Lilitu soltó su mano.

  Se dirigió hacia la ventana y permaneció largos segundos observando la ciudad: las luces, los vehículos, las siluetas apresuradas. Toda esa agitación humana, tan frágil y tan obstinada.

  Cuando se volvió, su voz era lenta, clara, casi pedagógica.

  —Tu especie no nació como la conoces.

  —Fue modificada.

  Entonces explicó, con términos que Noé podía entender,

  que Marduk —una entidad a la que los humanos habían divinizado— había alterado genéticamente a una humanidad primitiva; que esa modificación había introducido una capacidad nueva: la aceptación del orden, de la jerarquía, de la sumisión a una estructura central.

  Que esa aptitud había permitido el surgimiento de las civilizaciones… pero también la servidumbre.

  Que esa humanidad, inestable y violenta, había sido luego juzgada irreparable por algunos.

  Que se había concebido un cristal del caos para aniquilarla por resonancia.

  Habló del combate. Del intento de destruir el cristal.

  De su fragmentación a través del tiempo.

  Y de su búsqueda actual: encontrar los fragmentos, reensamblarlos de otro modo, transformar el instrumento de muerte en herramienta de curación.

  Noé escuchaba, enlazando cada palabra con sus propios conocimientos históricos, con intuiciones largamente sin respuesta.

  —?Cuántos fragmentos has recuperado? —preguntó al fin.

  —Ninguno —respondió Lilitu.

  él frunció el ce?o.

  —Pensé… que tus errancias a través de la historia…

  Se interrumpió.

  Luego la miró fijamente a los ojos y, con una determinación tranquila, dijo:

  —Lee en mi mente.

  No fue doloroso ni realmente perceptible.

  Y no duró más de un minuto.

  Sin embargo, Noé —atento pese a sí mismo— percibió cada cambio sutil que atravesaba el rostro de Lilitu. Muecas profundamente humanas, que ella manifiestamente ignoraba. Primero la curiosidad, casi cándida. Luego una tensión más marcada, una inquietud naciente. La sorpresa, franca, incontenible. Y por último… el espanto.

  Cuando pareció recuperar conciencia de su entorno inmediato, su mirada volvió a posarse en él. El miedo retrocedió poco a poco. A pesar de la profundidad inusual de sus ojos, Noé vio instalarse algo familiar: un análisis metódico, una criba de hipótesis, una evaluación rápida de las opciones posibles.

  Funciona como yo, pensó con una claridad casi tranquilizadora.

  Luego ella habló.

  Y lo que dijo heló literalmente a Noé.

  No porque no lo esperara —en el fondo, lo había presentido—, sino porque la confirmación daba de pronto un peso real a lo que hasta entonces no era más que una intuición.

  —No puedo tomar el fragmento —dijo Lilitu lentamente—.

  —Está afinado contigo.

  Noé no se movió.

  —Hacerlo deslizar hacia un lugar elegido es imposible —prosiguió—.—Me lo impedirá… sin ti.

  Hizo una pausa, como si todavía estuviera sopesando las implicaciones de esa evidencia.

  —Encontrar los otros fragmentos quizá sea posible, usando su resonancia.—Pero esa resonancia… también es la tuya.

  él inspiró hondo, sin apartar los ojos de ella.

  —En cuanto a tu Lilith —a?adió—,

  —ignoro quién es.

  Esa frase lo sorprendió aún más.

  —Si ella soy yo —continuó Lilitu con una prudencia nueva—,

  —y tú estás con ella… entonces estaremos en capas temporales que aún no he tenido ocasión de visitar.

  Calló.

  El silencio se instaló, denso, casi solemne.

  Luego, como para concluir lo que ella sabía que él ya había entendido, a?adió en voz más baja:

  —Ni tú ni yo lo hemos premeditado.

  —Pero estamos unidos.

  Lo miró a los ojos.

  —Unidos por la misma búsqueda.

  Noé sintió el peso de esas palabras asentarse en él, sin pánico ni exaltación. Solo una certeza desnuda, irreversible.

  No era una elección heroica. Ni siquiera una decisión.

  Era una convergencia.

  Y comprendió que, desde ese instante, la historia que había pasado la vida estudiando ya no estaba detrás de él.

  Acababa de alcanzarlo.

  Lilitu observaba a Noé.

  Había dejado de leer en él. Deliberadamente. Se imponía ese límite. Se esforzaba por descifrar lo que veía: su postura física, la contención de sus gestos, las variaciones ínfimas de su mirada. Todo ese lenguaje silencioso que nunca se había tomado el tiempo de aprender.

  Comprendía de pronto hasta qué punto había abusado, antes, de sus facultades sobre las mentes humanas. Leer sus pensamientos era demasiado fácil. Demasiado directo. Cortocircuitaba lo esencial: la incertidumbre, la interpretación, el esfuerzo de comprensión.

  Tenía mucho que aprender de la observación.

  Y ahora estaba convencida de que Noé no era un humano ordinario. Aceptaba la situación con una calma inesperada, casi desconcertante. Nada de negación. Nada de pánico. Solo esa atención lúcida, esa manera de integrar lo inconcebible sin intentar reducirlo de inmediato.

  Su relación con el tiempo —esa linealidad irrevocable— le aportaba además un saber que ella no poseía. Una memoria organizada, estratificada, transmitida. Allí donde ella conservaba el recuerdo bruto, él disponía del relato, de la relación, de la contextualización.

  Hacer equipo con un humano le parecía increíble.

  Casi contra natura.

  Y, sin embargo, apenas tenía elección.

  Podría obligarlo a ayudarla. Su poder aún se lo permitía. Pero esa idea le pareció enseguida peligrosa. El fragmento reaccionaría mal ante una imposición. Podría cerrarse, desafinarse, volverse inutilizable.

  Y luego, sobre todo… no le apetecía.

  Sentía una curiosidad que nunca había experimentado bajo esa forma. Una espera, casi. El deseo de descubrir quién era ese hombre, no como un relais o un vector, sino como un ser singular.

  Noé sabía lo que ella quería.

  Ella también lo sabía.

  Lo dejó decidir.

  Sin a?adir una palabra.

  En ese silencio compartido, frágil pero honesto, se dibujaba ya algo nuevo: no una alianza impuesta, sino el comienzo de una elección común.

  Noé cruzó lentamente la habitación y se detuvo frente a la ventana. Las luces de la ciudad trazaban líneas móviles en la noche. Le daba la espalda, como si necesitara esa distancia para poner orden en lo que lo asaltaba.

  —Quieres el fragmento —dijo al fin con una voz que se esforzó por mantener serena—.

  —Y eso solo es posible si queremos el fragmento.

  Hizo una breve pausa, buscando las palabras.

  —Quieres buscar los otros fragmentos con la ayuda del primero. Es decir… con mi ayuda.

  Dejó escapar un soplo breve.

  —Esta posibilidad me resulta profundamente perturbadora.

  —Rara vez hago viajes temporales. Ni siquiera en encantadora compa?ía.

  Did you know this story is from Royal Road? Read the official version for free and support the author.

  Lilitu no respondió.

  Había formulado el problema con exactitud. Ella lo reconoció. Sin embargo, una parte de ella se detuvo en la expresión que acababa de usar: encantadora compa?ía. Analizó su alcance, dudando entre una convención humana, una ironía defensiva… o algo más. No sacó ninguna conclusión y lo dejó pasar.

  Noé continuó, aún sin volverse:

  —?Es posible recuperar el fragmento sin da?ar la tablilla?

  Esta vez se giró un poco, lo justo para asegurarse de que ella lo escuchaba.

  —India descubrió esa tablilla durante unas excavaciones. Para ella significa muchísimo.

  —No es solo un objeto. Es… un reconocimiento. Una culminación.

  Dudó y a?adió:

  —Y también quisiera entender otra cosa.

  —Las sensaciones desagradables que ella ha sentido estos últimos días… ?se pueden explicar?

  Lilitu se tomó el tiempo de responder.

  Ahora medía la importancia de cada palabra.

  —Sí —dijo lentamente—.

  —Puedo extraer el fragmento sin provocar da?os visibles en la tablilla.

  Levantó ligeramente la mano, como para dibujar una idea en el aire.

  —Jugando con distintas capas temporales. La tablilla quedaría aquí, intacta en tu linealidad. El fragmento, en cambio, sería desplazado fuera de esa capa.

  Hizo una pausa y prosiguió:

  —En cuanto a las sensaciones que ella experimentó…

  —Se deben a intentos de afinación del fragmento. Y a las huellas dejadas durante la desagregación del cristal original. Probablemente también por mi marcado.

  Bajó un poco la voz.

  —Son remanencias. Ecos.

  Noé permaneció en silencio unos segundos.

  Seguía observando la ciudad, pero su mente se había calmado. La tormenta interior se retiraba lentamente, dejando paso a una lucidez más fría. Sintió el instante exacto en que la confusión dejaba de ser paralizante para volverse… utilizable.

  Entonces se volvió por completo hacia ella.

  Su mirada ya no era la de un hombre sorprendido, ni siquiera inquieto.

  Era la de alguien que acaba de aceptar que había que tomar una decisión.

  —Muy bien —dijo simplemente.

  Y en esa palabra Lilitu percibió, con claridad, aquello que esperaba sin haberse atrevido a desear: la posibilidad de actuar juntos.

  —Entonces —prosiguió Noé—, si lo entiendo bien… ?qué ocurre con ese fragmento una vez extraído?

  Se había acercado al escritorio, pero seguía de pie, como si se negara inconscientemente a sentarse mientras todo no quedara formulado.

  —?Y los otros, si hay varios? Moverme con ellos me parece… delicado.

  Lilitu inclinó ligeramente la cabeza.

  —Tienes razón. Los fragmentos no pueden transportarse como objetos ordinarios.

  —?Porque reaccionan?

  —Porque afinen.

  Noé frunció el ce?o.

  —?Afinan… qué, exactamente?

  —A ti. Y a mí.

  Se tomó un tiempo, buscando una formulación que no traicionara ni la complejidad ni la verdad.

  —El fragmento es un punto de anclaje. Para ti, primero.

  —?Por qué para mí?

  —Porque solo puedes deslizarte entre las capas temporales permaneciendo afinado. Y esa afinación solo puede producirse a partir de la capa donde se halla el cristal… y regresando a ella.

  Noé la miró, inmóvil.

  —En otras palabras —dijo lentamente—, nunca parto de “otro lugar”. Siempre parto de aquí.

  —Exactamente.

  Lilitu inspiró.

  —Para mí es distinto. Solo puedo permanecer contigo alineándome a esa misma resonancia.

  él percibió una tensión nueva en su voz.

  —Sin ella… me disociaría.

  —?Por completo?

  Ella vaciló una fracción de segundo.

  —Sí.

  El silencio se instaló brevemente.

  —Quieres decir —retomó Noé— que ese fragmento es lo único que te permite mantener esta forma humana.

  —No exactamente esta forma —respondió ella—. Pero una estructura coherente en tu capa.

  él exhaló lentamente.

  —Así que… sin el fragmento o sin mí, tú no puedes quedarte. Y sin ti, yo no puedo deslizarme.

  —Eso es.

  —Encantador equilibrio —murmuró.

  Ella inclinó apenas la cabeza, sin responder.

  —?Y los otros fragmentos? —preguntó.

  —Deberán depositarse en un lugar… tiempo-espacio fijo.

  —?Un sitio que no se mueve?

  —Que no deriva. Un punto de coherencia lo bastante estable para contenerlos sin forzarlos a afinarse al azar entre sí.

  —?Una especie de… depósito?

  —Sí. Temporal.

  Noé se quedó pensativo y luego alzó los ojos hacia ella.

  —Una última cosa. Hablas de viajes temporales… pero lo que describes no se parece a lo que nosotros llamamos viajar en el tiempo.

  Lilitu hizo un leve gesto, casi una sonrisa.

  —Porque eso no existe —dijo suavemente—. No como lo imagináis.

  —?No se puede “subir” al pasado, verdad?

  —No. El tiempo lineal es irreversible.

  —Entonces, ?cómo…?

  —Los tiempos son múltiples —lo interrumpió con calma—. No se suceden. Coexisten.

  Noé sintió un escalofrío recorrerle la nuca.

  —?Infinitos? —preguntó.

  —Sí. Infinitamente numerosos.

  —?Y nosotros… solo nos deslizaríamos de uno a otro?

  —Empiezas a entender.

  Permaneció callado un largo instante.

  Luego, en voz más baja:

  —Muy bien. Entonces dime por dónde empezamos.

  Lilitu intentó una sonrisa que quería tranquilizadora.

  —Debes extraer el fragmento —dijo simplemente—. Es fácil.

  Noé la miró, incrédulo.

  —Agarras la tablilla. La dejas caer. Y obtienes el fragmento.

  Noé se quedó petrificado.

  —Pero habías dicho… —empezó.

  —Que la tablilla quedaría intacta —lo interrumpió Lilitu sin vacilar—.—Y así será. Luego la vuelves a poner en su sitio. Será idéntica en todos los aspectos.

  él la miró, visiblemente incapaz de conciliar aquello con todo lo que sabía de física, de museos y del sentido común en general.

  —?Me estás diciendo que debo romper voluntariamente un artefacto único, catalogado, protegido, estudiado desde hace semanas… y que nadie se dará cuenta?

  —Sí.

  La respuesta era serena. Demasiado serena.

  Noé se pasó una mano por la cara.

  —Me cuesta mucho seguir tu método.

  Lilitu lo observó.

  Percibió su resistencia no como un rechazo, sino como un esfuerzo sincero por integrar un razonamiento que escapaba a todas sus categorías.

  Lo anotó.

  Un progreso, en su análisis de Noé.

  Intentó de nuevo una sonrisa, ligeramente distinta, más ajustada.

  —Solo hay un fragmento —precisó—. Solo en esta capa.

  Noé guardó silencio unos segundos.

  Luego, pese a sí mismo, le surgió un pensamiento, casi infantil en su simplicidad:

  Lilitu va a robar en dos museos… e intercambiar sus botines.

  La imagen lo hizo sonreír.

  Alzó los ojos hacia ella.

  Lilitu observó ese cambio de expresión con atención. Identificó sus contornos, sus causas probables y sacó una conclusión rápida. Ajustó la suya a su vez.

  Una sonrisa un poco menos rígida.

  Un poco más… humana.

  —Imagino que te parece absurdo —dijo.

  —Digamos que no es exactamente lo que tenía en mente cuando me levanté esta ma?ana —respondió él.

  Se instaló un silencio ligero.

  Por primera vez desde el inicio de su encuentro, no estaba cargado solo de gravedad.

  Contenía también algo nuevo: la posibilidad de un entendimiento.

  Noé subía los escalones que conducían al Museo con una sensación profundamente ambivalente.

  Había contactado con el Centro de Anomalías por la tarde. El Centro mantenía, desde una operación anterior, relaciones privilegiadas con la dirección del Museo. Le habían enviado una invitación personal para después del cierre. No tuvo que dar ninguna justificación.

  Eso era precisamente lo que le molestaba.

  Era historiador. Investigador, a veces.

  No un ladrón.

  Y menos aún un falsificador del pasado.

  Y a medida que se acercaba al edificio, le resultaba cada vez más difícil justificarse… ante sí mismo.

  Lilitu lo había dejado unas horas antes. Su descondensación había sido tan espectacular como inesperada, dejando una doble sensación: un vacío repentino, casi físico, y un alivio difuso, como si la realidad recuperara por fin sus derechos. Había vuelto el silencio. El espacio. La continuidad.

  Se había cruzado con India en los pasillos del hotel.

  Le había parecido aliviada.

  Pero cuando lo miró un poco demasiado tiempo, él sintió asomar una inquietud que ella no formuló.

  Lo que le ocurría superaba con creces el marco habitual de las misiones del Centro.

  Era consciente de sus propias dificultades para asimilar el contexto. La realidad, aun así, resistía. No se dejaba torcer tan fácilmente. El sentido común, obstinado, seguía susurrando objeciones al fondo de su mente.

  Al llegar frente a la entrada del museo, Noé se detuvo en seco.

  ?Por qué?, se preguntó.

  ?Por qué seguía?

  Confiaba en esa interfásica. En sus explicaciones. En sus motivaciones declaradas. En ese universo extra?o, coherente, casi demasiado coherente para ser una pura invención.

  Y, sin embargo…

  Las leyendas presentaban a Lilith como una seductora, una figura capaz de hechizar a los hombres, desviarlos de su camino. ?Estaba cediendo a algo de ese orden?

  ?Estaba… hechizado?

  Se tomó varios largos segundos para examinar esa hipótesis. De verdad. Sin descartarla con un gesto intelectual.

  Luego esbozó una sonrisa leve, casi fatalista.

  —Demasiado tarde para echarme atrás —murmuró.

  Y entró.

  No tuvo ninguna dificultad para encontrar la vitrina de la tablilla descubierta por India. La sala estaba tranquila, casi solemne. Ningún sistema de alarma. Ninguna cámara visible. El guardia que lo había saludado en la entrada no consideró necesario acompa?arlo.

  Noé se puso unos guantes.

  Se preguntó fugazmente si esa precaución no era ridícula. Una concesión irrisoria a una ética ya comprometida. Un gesto digno de una película antigua mal iluminada.

  Abrió la vitrina.

  Tomó la tablilla con una precaución perfectamente inútil, sabiendo muy bien lo que iba a hacer.

  Si ejecutaba el gesto siguiente, lo sabía, su futuro bascularía.

  Tal vez para peor.

  Levantó la tablilla.

  La elevó a la altura del pecho.

  Y la dejó caer.

  El golpe fue brutal. Ruidoso. Seco.

  Un instante de pánico lo atravesó —la guía, pensó.

  La tablilla yacía en el suelo, rota en tres fragmentos distintos.

  Uno de ellos contenía, parcialmente incrustada, una fina lámina cristalina, negra, recorrida por pulsaciones profundas, como un corazón oscuro.

  Noé se apresuró a extraerla por completo.

  Al contacto, una sensación de plenitud lo invadió de inmediato. Una coherencia súbita, casi apaciguadora, que le hizo cerrar los ojos pese a sí mismo.

  Cuando los abrió, se quedó estupefacto.

  La tablilla reposaba intacta sobre su soporte.

  El suelo estaba perfectamente vacío.

  Como si nada hubiera ocurrido jamás.

  Apretó el fragmento con más fuerza en la mano, solo para asegurarse de que era real. Luego, con gestos mecánicos, cerró la vitrina.

  En ese instante preciso, el guardia irrumpió en la sala, visiblemente inquieto.

  —?Todo bien? —preguntó.

  —Perdón —respondió Noé sin vacilar—.

  —Se me cayó el smartphone.

  El guardia lo miró un segundo, luego asintió y se fue.

  Noé salió tras él.

  En su bolsillo, el fragmento palpitaba suavemente.

  Y comprendió, sin exaltación ni pánico, que acababa de cruzar el punto de no retorno.

  Noé caminaba despacio por el bulevar que se alejaba del museo.

  La noche caía sobre El Cairo con rapidez, como siempre allí: el cielo pasaba del cobre al azul profundo, luego al negro surcado de neones. La ciudad no se calmaba; solo cambiaba de ritmo. Las bocinas se volvían más impacientes, algunos vendedores ambulantes recogían puestos mientras otros, al contrario, se instalaban para la noche. Familias aún cruzaban avenidas congestionadas, cafés se llenaban, y el olor mezclado de combustible, té azucarado y especias subía desde el asfalto.

  Una mujer lo adelantó.

  Ropa elegante, sin ostentación. Un vestido sobrio, bien cortado, adecuado a la ciudad y a la hora. Su paso era grácil, pero ligeramente precavido, como si todavía probara la solidez del suelo a cada paso.

  Lilitu.

  Caminaron lado a lado unos cien metros sin decir palabra.

  —?Has estado de compras? —soltó Noé.

  —He recreado la ropa de tu amiga India —respondió ella con calma—. La que lleva ahora mismo.

  —?Sabes lo que es ir de compras? —preguntó él, con tono deliberadamente ligero.

  —No. Pero esa era la pregunta contenida en tu mirada.

  él esbozó una sonrisa.

  —Estás progresando mucho.

  —Se dice gracias, creo —aventuró ella tras una breve vacilación.

  Noé se detuvo y se volvió hacia ella.

  —Impresionante, tu truco de magia.

  —Bastante simple —dijo ella.

  Luego a?adió, como retomando un hilo más antiguo:

  —Conozco muchos lugares que podrían servir como santuario para los fragmentos. Sitios estables, poco sometidos a las derivas.

  Noé sonrió de nuevo.

  —Yo conozco uno que vendría perfecto —dijo—.

  —Para mí… y, por tanto, también para el fragmento.

  Lilitu se detuvo también, visiblemente sorprendida.

  —?Dónde está ese lugar privilegiado? —preguntó.

  él la miró por fin de frente, con una seguridad nueva, casi tranquila.

  —En mi casa.

  Lilitu aceptó la propuesta sin discutir.

  Tenía buenas razones.

  En primer lugar, el lugar donde Noé solía estar constituía un nudo de resonancia naturalmente afinado con él —y, por extensión, con el fragmento. Instalarse allí facilitaría la detección de los otros trozos, cuyos armónicos podrían ordenarse alrededor de ese punto estable. Además, eso tranquilizaría a Noé. Y su calma no era un detalle: sus deslizamientos temporales serían más fluidos si se encontraba en un entorno familiar, controlado, casi íntimo.

  Así que lo dejó partir.

  El desplazamiento le pareció largo. Tedioso.

  Una cadena de medios técnicos infinitamente más elaborados que los de Babilonia, sí, pero todavía sorprendentemente rudimentarios a sus ojos: cabinas presurizadas, velocidades limitadas, conexiones interminables. El tiempo lineal, una vez más, imponía su ritmo estrecho.

  Lilitu, en cambio, no viajó.

  Se condensó.

  Aún vestida con la ropa adoptada en El Cairo, apareció siguiendo la resonancia de Noé en un lugar que él llamaba Silvaplana.

  Y conoció de inmediato el frío.

  No como un dato abstracto.

  No como una información sensorial filtrada.

  Sino como esa mordedura directa, casi agresiva, que se apodera de la piel humana, ralentiza los gestos y obliga a respirar de otro modo.

  El lago de Silvaplana se extendía ante ella, ancho y silencioso, inmóvil bajo una capa de hielo y nieve estriada por el viento. Las orillas estaban ribeteadas de pinos oscuros, con las ramas cargadas de blanco, inmóviles como figuras pacientes. Más lejos, las monta?as del Engadina cerraban el horizonte, masivas, de un gris azulado, aplastando el cielo bajo del invierno.

  Algunos chalets se dispersaban alrededor del lago, construcciones de madera oscura y piedra, con techos inclinados hundidos bajo la nieve. Volutas de humo se elevaban de unas pocas chimeneas, únicas se?ales visibles de presencia humana en ese espacio congelado.

  Lilitu identificó sin vacilar el peque?o chalet de Noé.

  Se precipitó hacia él.

  Sus pies casi desnudos se hundían en la nieve fresca; el frío subía brutalmente por sus piernas. Casi tropezó, sorprendida por la resistencia blanda del suelo, por la lentitud impuesta a cada paso. Llegó a la puerta y golpeó sin contención.

  Noé abrió.

  Su rostro expresó una sorpresa total, casi incrédula.

  —?Lilitu…?

  Ella no respondió. Ya estaba temblando.

  él la hizo entrar de inmediato, cerró la puerta detrás de ellos y la llevó junto al fuego que ardía en la chimenea. El calor le pareció violento, casi excesivo, pero no se apartó. Noé dudó un segundo, luego fue a buscar una manta y se la puso sobre los hombros.

  Poco a poco, el color volvió a su rostro.

  Ella observaba las llamas con una concentración extra?a, como si ese simple fenómeno físico le exigiera un esfuerzo de interpretación.

  Noé, por fin, formuló la pregunta que le quemaba desde que la había visto en el umbral:

  —?Por qué no te descondensaste?

  Lilitu tardó unos instantes en responder.

  —No he querido.

  él la miró, perplejo.

  En esa respuesta simple, casi obstinada, percibió algo nuevo: no una imposición, no una necesidad… sino una elección sorprendente.

Recommended Popular Novels