El bosque no se movía.
O al menos, no como debería.
Syra caminaba despacio entre los árboles, y cada vez que inhalaba, las hojas parecían temblar con él. Cada vez que exhalaba, la tierra soltaba un murmullo leve, como un suspiro contenido.
No era imaginación. Lo sabía. Lo sentía
Ese segundo latido —el que no era suyo— marcaba un ritmo que el bosque imitaba, como si ambos compartieran un mismo aire prestado.
El suelo bajo sus pies estaba tibio. Demasiado tibio para la sombra de la ma?ana.
Avanzó unos metros y se detuvo al ver que sus pasos dejaban huellas de luz dorada que se apagaban en segundos. Peque?os destellos, casi imperceptibles.
—…es mi culpa… —susurró, sin saber de dónde venía esa frase.
No era su voz. Pero salió de su boca.
Se apoyó contra un tronco, intentando recuperar el aliento. No estaba cansado. Era otra cosa. Una presión en el pecho, no dolorosa, pero sí insistente, como si alguien empujara desde dentro buscando espacio.
Las aves no cantaban. Ni un solo insecto zumbaba.
Todo estaba demasiado quieto.
Demasiado atento.
De pronto, una luz azul cruzó entre las raíces, tan rápido que apenas fue un trazo. Syra dio un paso atrás.
—Otra vez…
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No era una ilusión. La había visto en el claro. La misma luz. El mismo movimiento.
Intentó acercarse, pero algo dentro de él —ese latido ajeno— se tensó, como si le advirtiera que no debía.
—?Qué quieres de mí…? —susurró.
El viento respondió con una corriente fría que movió su cabello hacia atrás. Syra sintió un cosquilleo detrás de la oreja, como si un aliento suave hubiera pasado rozándolo.
Se giró.
Nada.
Pero el aire estaba recién alterado. Como si alguien hubiera estado de pie detrás de él un segundo antes.
El pecho volvió a dolerle, esta vez un poco más. Se arrodilló.
La espiral en su mu?eca brilló tenue, como un fuego dormido.
Al tocarla, una imagen lo atravesó.
Un destello. Un recuerdo que no era suyo:
—Una mano extendida en la oscuridad. —Un susurro ahogado de dolor. —Un nombre que no alcanzó a pronunciarse.
Syra se llevó una mano a la frente, jadeando.
—?Por qué… veo esto?
El bosque reaccionó de inmediato, como si su pregunta hubiera sido un llamado. A su alrededor, las raíces comenzaron a moverse apenas unos centímetros, buscando dirección.
Una criatura peque?a apareció entre dos troncos. Un ciervo… pero no del todo. Sus ojos eran un reflejo puro, como cristal líquido.
Syra se quedó congelado.
La criatura lo observó. Inclinó la cabeza. Y luego… imitó su respiración.
Inhaló. Exhaló. Al mismo ritmo que él.
Como si intentara recordarle algo.
Como si lo estuviera estudiando.
Syra retrocedió un paso.
La criatura dio un paso adelante.
Y entonces, sin previo aviso, sus ojos cambiaron: una luz dorada, suave, tembló dentro de ellos.
Syra sintió el latido ajeno .
El ciervo parpadeó una vez. Y su voz —no la del animal, sino una que venía desde atrás de sus ojos— susurró:
—No estás respirando solo…
La luz se apagó. El ciervo retrocedió lentamente hacia la maleza y desapareció sin ruido, como si nunca hubiese estado allí.
Syra permaneció en silencio, con la mano sobre su pecho.
El segundo latido seguía allí.
Firme. Constante. Como un testigo.
—Si hay algo dentro de mí… —dijo al fin, en voz baja—. …quiero saber por qué.
El bosque no respondió.
Pero la luz azul volvió a moverse entre las raíces, más lenta esta vez, como si lo llamara a seguirla.
Syra dio un paso.
Luego otro.
Y caminó hacia la luz.
El aire se adelantó, envolviéndolo con un calor tenue.
No sabía si iba hacia un peligro o hacia una respuesta.
Solo sabía que, por primera vez desde que despertó…
no estaba respirando solo.

