home

search

Capítulo 27 — Lo Que Él Quiso Que Yo Creyera

  El aire cambió antes de que la sombra se moviera.

  No fue un viento.

  No fue magia.

  Fue algo más íntimo, más antiguo:

  la intención de tomar forma.

  La silueta avanzó un paso,

  y cada parte de su cuerpo —mi cuerpo— dejó un rastro oscuro, casi líquido, que desaparecía antes de tocar el suelo.

  Como si la realidad misma rechazara la presencia de algo que nunca debió existir.

  Ashryel no habló.

  Pero su luz se apretó en mis costados

  como si quisiera intervenir y no pudiera.

  La sombra inclinó la cabeza con esa calma que siempre me aterrorizó en mí mismo:

  la calma que no nace de paz,

  sino de renuncia.

  —?Quieres que te recuerde lo que eras? —preguntó.

  No moví un músculo.

  El valle, en cambio, sí reaccionó.

  Las paredes de piedra vibraron,

  como si esperaran una respuesta,

  como si fueran testigos obligados de un juicio que llevaba demasiado tiempo pendiente.

  La sombra alzó la mano.

  Y alrededor de nosotros,

  como si el valle obedeciera su voluntad,

  otras figuras empezaron a formarse.

  Peque?as.

  Frágiles.

  Silenciosas.

  Siluetas sin rostro.

  Todas encorvadas.

  Todas con la misma postura.

  La postura de pedir disculpas por existir.

  El aire se volvió más denso.

  Mis dedos se tensaron.

  Ashryel dio un paso, apenas un susurro de luz.

  La sombra habló de nuevo:

  —Tú no naciste para cargar espadas.

  Naciste para no molestar.

  Las siluetas a nuestro alrededor replicaron el gesto,

  inclinándose en un movimiento lento, casi reverencial.

  Love this story? Find the genuine version on the author's preferred platform and support their work!

  Un coro mudo de identidades quebradas.

  Yo cerré los ojos un instante.

  Sentí algo dentro de mi pecho que intentó retroceder.

  Un impulso reflejo.

  Una costumbre antigua.

  La sombra caminó lentamente hacia una de las figuras peque?as,

  posó su mano sobre ella

  y esa figura se quebró como vidrio.

  Sin sonido.

  Sin violencia.

  Solo… desapareció.

  —Así sobrevivías —dijo con mi voz, pero sin mi intención—.

  Rompiendo versiones de ti antes de que el mundo pudiera hacerlo.

  Abrí los ojos.

  Lo miré directo.

  Y por un instante, vi algo:

  mi reflejo tal como lo había sido una vez.

  Un chico callado, siempre en segundo plano,

  esperando que nadie notara que estaba ahí porque no sabía qué hacer si alguien lo hacía.

  Mi garganta ardió.

  No por culpa.

  No por vergüenza.

  Por reconocimiento.

  La sombra siguió:

  —Yo existo porque tú me necesitaste más tiempo del que admites.

  Yo fui la armadura que te mantuvo vivo.

  Yo fui quien te ense?ó a desaparecer antes de ser herido.

  Yo fui quien llevó tu nombre cuando tú no sabías si querías conservarlo.

  Dio un paso más.

  Y otro.

  Ya estaba a pocos metros.

  —Pero ahora…

  —se detuvo, como si probara la palabra—

  … ahora pretendes desecharme.

  Como si no hubiera sido yo quien te sostuvo cuando nadie más lo hizo.

  El valle guardó silencio absoluto.

  Yo respiré.

  Y esta vez, cuando hablé,

  mi voz no tembló.

  —No quiero desecharte.

  Las siluetas peque?as se quedaron quietas,

  como si esa frase hubiera sido una orden.

  La sombra inclinó la cabeza.

  Yo continué:

  —Tú surgiste para protegerme.

  Para esconderme.

  Para sobrevivir.

  La sombra dio un paso más…

  pero no con hostilidad.

  Con algo parecido a duda.

  —Pero ya no soy ese Syra —dije despacio—.

  Ni tú deberías seguir siéndolo.

  El fragmento dejó caer la mano.

  Las peque?as siluetas temblaron,

  como si la palabra “deberías” hubiera generado una fisura en su existencia.

  La sombra habló con un susurro —mi susurro más antiguo—:

  —?Y si sin mí no eres nada?

  Ese golpe sí dolió.

  No en el cuerpo.

  En la memoria.

  En la parte exacta donde yo había escondido esa pregunta por a?os.

  Pero esta vez…

  no retrocedí.

  Di un paso hacia él.

  Hacia mí.

  Y el valle sintió el choque de dos voluntades opuestas.

  —Si no fuera nada —dije—

  no estaría aquí.

  La sombra levantó lentamente la cabeza.

  Su rostro era el mío.

  Pero por primera vez,

  no parecía querer reemplazarme.

  Parecía estar…

  esperando.

  Y en ese espacio mínimo,

  en esa pausa que dividió el mundo en dos,

  entendí:

  él no quería destruirme.

  Quería que yo cayera solo,

  para poder ocupar el vacío que dejara.

  Porque esa era su naturaleza:

  ser el Syra que existe cuando yo desaparezco.

  Pero yo ya no estaba dispuesto a desaparecer.

  El valle vibró.

  Las peque?as siluetas comenzaron a desmoronarse una por una,

  como si mi decisión fuera una sentencia inevitable.

  La sombra dio un último paso.

  Muy lento.

  Muy silencioso.

  Y cuando quedó frente a mí,

  a la distancia exacta donde uno puede tocar su propio reflejo,

  dijo:

  —Entonces demuéstralo.

  Sus ojos se quebraron en una línea de luz oscura.

  No de odio.

  De despedida.

Recommended Popular Novels