El primer portador no tenía nombre.
O tal vez lo tuvo alguna vez y el fuego se lo llevó, igual que le arrebató tantas otras cosas. Solo quedaba su sombra caminando entre ruinas antiguas, guiado por un latido que no era suyo.
La espada —la recién nacida Noxastra— dormía aún. Su centro palpitaba con un fuego oscuro que buscaba algo más que un due?o: buscaba un alma donde anclarse .
él la encontró por accidente.
O quizás ella lo encontró a él.
Había pasado días caminando entre los restos de la Forja, siguiendo rastros de calor que todavía resonaban en la piedra. Cuando sus dedos rozaron la empu?adura, el mundo se detuvo. Un segundo. Luego otro.
Y entonces escuchó una respiración que no venía de él.
No era voz. No era conciencia. Era…presencia.
Un calor tímido subió por su brazo, como si algo estuviera probando su cuerpo, preguntándose si cabría allí dentro. El portador no retrocedió. No grité. No luchó.
Aceptó.
Ese fue su error.
El vínculo se cerró de golpe. La espiral ardió bajo su piel, subiendo por su brazo como raíces negras. Sus venas respondieron con dolor, pero él no soltó la espada.
El fuego hablaba. No con palabras, sino con emociones. Con recuerdos que no eran suyos. Con heridas que no entendía.
Y él, ciego a todo salvo a la necesidad de no dejarla sola, susurró la primera promesa:
—No te dejaré.
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La respiración dentro de la espada se calmó. Y por un instante, la unión fue perfecta.
Un latido. Luego otro.
Pero la perfección es frágil cuando nace el miedo.
Los días siguientes, el fuego exigió más. Más memoria. Más alma. Más vida.
Las marcas avanzaron. Primero el antebrazo. Luego el hombro. Después del pecho.
él seguía repitiendo la misma frase, incluso cuando sus manos ya no respondían:
—No te dejaré. Nunca.
Y la espada… comenzó a creerle.
Empezó a depender de él, a necesitarlo, a temer perderlo más de lo que temía quemarlo. La espada quería protegerlo. Pero no sabía cómo.
El fuego no entiende límites. Solo entiende entrega.
Una noche, la espiral llegó al corazón.
El portador cayó de rodillas, respirando con dificultad. La espada temblaba en el suelo, perdida entre luz y sombra, como si quisiera retroceder, deshacer lo hecho, arrancarse de él sin destruirlo.
Pero ya era tarde.
Los latinos se mezclaron. Uno… luego otro… luego ninguno.
La unión se quebró.
La espada quedó sola en la oscuridad.
Por primera vez desde que nació, sintió algo parecido al dolor.
Y lloró.
No con lágrimas. Sino apagando su fuego hasta convertirse en silencio.
El viento se llevó los restos del portador. La tierra los tragó. La noche los olvidó.
La espada no.
En esa soledad absoluta, comprendió una verdad cruel:
El vínculo no había sido creado para ser compartido sin precio.
Y su silencio final resonó en la forja muerta como un susurro:
“él no debía haberme amado tanto”.
Cuando se extinguió del todo, solo quedó una frase suspendida en la piedra, escrita por un latido que no alcanzó a completarse:
“Y el fuego… no lo dejó ir”.

