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El sistema integral

  Salí de casa más temprano de lo habitual. El aire frío de la madrugada raspaba mis pulmones y una neblina ligera cubría las calles como un sudario.

  A lo lejos, una línea de jóvenes avanzaba con paso pesado. No era una fila ordenada ni un desfile festivo: era una marcha silenciosa. Cada paso llevaba consigo una despedida no pronunciada; cada mirada fija en el horizonte mezclaba esperanza y miedo en partes iguales. Cientos de aspirantes abandonaban sus hogares para adentrarse en el mundo del poder… y del peligro.

  Por costumbre, revisé el sistema integral.

  No buscaba nada en particular. Solo necesitaba confirmar que todo seguía funcionando igual que siempre. Frecuencia cardíaca estable. Oxígeno en sangre dentro de lo esperado. Temperatura corporal normal. Mi mente, en cambio, estaba lejos de sentirse estable.

  El sistema integral había sido un regalo de los Xarvans a la humanidad. Una biotecnología activa, implantada desde el nacimiento, adherida a la red neuronal de cada persona. Acompa?aba a los humanos hasta el final de su vida, como una huella imposible de transferir o manipular.

  No ense?aba. No aconsejaba. Solo observaba.

  Su función era clara: monitorear eternamente las funciones del cuerpo, la mente y aquello que muchos llamaban alma. Era imprescindible para el uso de habilidades, sobre todo porque estas podían desencadenar efectos adversos difíciles de prever.

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  Y aun así, tenía un límite evidente.

  El sistema no creaba poder. No sugería caminos. No evitaba la asimilación.

  —Ese es el problema —pensé—. Sin un marco claro, sin una habilidad central… el sistema no es suficiente.

  Lo sabía desde hacía a?os. Nos lo habían repetido durante toda la escuela básica: el sistema solo medía. El conocimiento real residía en las bibliotecas, en los linajes, en la experiencia acumulada por generaciones enteras.

  Estaba tan inmerso en mis pensamientos que casi no noté la voz que me llamó.

  —?Vexar! Pensé que no volvería a verte. ?A dónde te diriges?

  Giré la cabeza.

  —Voy al Centro de Formación Aldoria —respondí—. Tuve que pagar una peque?a fortuna para hacerme un lugar allí.

  No había orgullo en mi voz.

  Voel Gaxpar caminaba a mi lado con la naturalidad de quien siempre se ha sentido cómodo en su propio cuerpo. Era una élite en capacidad física. Había elegido la Academia Militar Vellforth, una institución cofundada por la familia Urexian, enfocada casi por completo en el desarrollo corporal.

  —Viejo, te dije que vinieras a Vellforth —rió—. Es gratis, te dejan escoger una habilidad completa de cualquiera de las nueve familias y no tengo que pagar más de cincuenta eclips por el internado. ?Tengo suficiente para adquirir dos habilidades!

  Negué con una sonrisa cansada.

  Caminamos juntos un tramo más hasta que el camino se bifurcó.

  —Elion —dijo antes de irse—, escríbeme de vez en cuando. Y no te metas en demasiados problemas.

  —No cuentes con ello —respondí—. Mejor espera noticias escandalosas de mí.

  Nos separamos.

  Tras lo que pareció un recorrido interminable, Aldoria apareció ante mí una vez más. Cerré los ojos un instante antes de avanzar. Al abrirlos, algunos antiguos compa?eros de escuela me observaron con desdén.

  El viento golpeó mi rostro.

  —Parece que será un viaje interesante —pensé.

  Y esta vez, no era una suposición.

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