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INTERLUDIO 8

  -/agosto/1992

  En una marcha en Sonora, Joao avanzaba entre un mar de mujeres y hombres con pancartas, con las gargantas desgarradas de tanto gritar nombres. Los tambores improvisados con ollas golpeaban frenéticos. él llevaba una pancarta con el nombre completo de Miri y Meredi. De pronto, la multitud se rompió. La policía llegó con escudos y gases lacrimógenos.

  En la celda, entre la penumbra húmeda, escuchó cómo una madre relataba entre sollozos la historia de su hijo desaparecido. —No me importa estar aquí encerrada —la voz de la mujer estaba quebrada —porque los padres haríamos todo por nuestros hijos.

  Esa frase lo atravesó. Bajó la mirada. El silencio de la celda lo atrapó. Ahí, por primera vez en mucho tiempo lloró, no solo por su hija perdida, sino por la certeza de una promesa vieja que no pudo cumplir. Los recuerdos volvieron como un golpe seco. Se vio de pie en la sala del tribunal del municipio de Coari del estado del Amazonas, Brasil, el juez pronunciando el fallo. —La custodia será para su exesposa, la se?ora Mariela. —El golpe de la maza contra la mesa retumbó en sus oídos. él apretó los pu?os, incapaz de aceptar que le arrebatarían a Miri.

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  Cuando salieron, Mariela, cansada y firme, le extendió los documentos de la pensión. Su voz sonó cortante, pero no carente de una amarga compasión. —Espero que, al menos, cumplas como padre. Esto es lo que te corresponde. Te deseo lo mejor Joao, espero madurez y veas lo que el alcohol te arrebató. Tomó los papeles con las manos temblorosas, los miró sin ver realmente las cifras, y apenas pudo responder. —Sí… cumpliré como padre. Te lo prometo.

  La miró marcharse con Miri de 2 a?os en brazos, próxima a cumplir 3.

  Ese recuerdo lo quemó en la celda. Y entonces, el dolor lo devolvió a aquella noche, la más decisiva de su vida: el corazón latiendo desbocado mientras se acercaba a la casa de su exesposa, la ventana apenas iluminada, el crujido de la puerta cediendo bajo sus manos. Recordó el temblor al alzar a Miranda, envuelta en su mantita. Afuera, Meredi lo esperaba con el motor encendido y los ojos cargados de miedo. —Rápido —le susurró al verlo salir.

  Juntos desaparecieron en la carretera, con la ni?a dormida en sus brazos, Joao la miró con lágrimas en los ojos, susurrándole con una determinación feroz mientras se dirigían a la frontera con Venezuela. —Nada nos separará… nada, Miri. Sniff Sniff, te prometo que siempre estaré a tu lado y no te volveré a fallar, te protegeré de todo y de todos. —Acarició el rostro de su hija dormida —Mi ni?a. Un padre haría cualquier cosa por sus hijos. Cualquier cosa.

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