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Capítulo 112: Descuidos del corazón

  Joseph lo recordaba todo con una claridad dolorosa.

  Recordaba la tormenta que desgarró el cielo y partió en dos el navío que lo transportaba. El rugido de las olas, bestias indómitas golpeando los costados del barco, todo aún retumbaba en su mente.

  Recordaba los días interminables de hambre, el frío helando sus huesos mientras dormía entre callejones infectos, aferrándose a la vida con u?as y dientes. Recordaba los libros que robaba, más valiosos que el pan, porque en ellos encontró el lenguaje del continente, la única arma que podía blandir entre tanta miseria.

  Recordaba la escuela, observada desde fuera como un tesoro prohibido. Apilaba cajas para ver por la ventana, aprendiendo en silencio, ignorado e invisible. El estómago vacío y la sed constante eran su pan de cada día. Recordaba el examen de ingreso a la academia, escrito en el suelo del patio exterior porque su presencia era una ofensa a los sentidos de los demás.

  Recordaba el coliseo. El sudor, la sangre, las jornadas eternas trabajando hasta desfallecer solo para pagar la cuota del examen. Recordaba cada paso hacia la academia, los pies hechos jirones, las ampollas reventadas, la carne abierta ba?ada en sangre y esfuerzo.

  Y por encima de todo, recordaba el final de su familia. La sangre salpicando las paredes, los gritos, el fuego, el olor de la carne quemada, su hogar hecho cenizas.

  Todo eso... todo eso lo había llevado hasta este momento.

  El tiempo se ralentizaba. Su respiración era un hilo roto. La sangre goteaba de su costado con un ritmo sordo y final. Frente a él, la sombra de su enemigo se alzaba como una monta?a, imponente e imparable.

  Iba a cerrar los ojos. Pero entonces, una voz retumbó en su mente.

  —?Eso no es suficiente! ?Levántate!

  Joseph parpadeó. El mundo tembló y el espacio tomó forma en un recuerdo. No solo recordaba el dolor. Recordaba también la fuerza. Recordaba a Cáliban.

  La mazmorra estaba envuelta en sombras. El sol apenas se filtraba entre la niebla del bosque cuando comenzó su primer día de entrenamiento. Su maestro lo observaba con una mezcla de severidad y respeto.

  —Muy bien... —gru?ó Cáliban —Hoy te ense?aré a cultivar tu fuerza.

  Joseph, exhausto y cubierto de barro, asintió con una chispa de entusiasmo en los ojos.

  —Como ya sabes, puedes usar tres energías dentro de ti. Eso se debe a que posees tres núcleos... pero no te emociones. —le advirtió con voz grave —Tener ese poder no te hace más fuerte que los demás. Te hace responsable.

  Joseph frunció el ce?o, confundido.

  —Mientras más núcleos tengas, más difícil será reunir energía. Tres núcleos significan tres veces más trabajo, tres veces más disciplina, tres veces más dolor. ?Estás dispuesto?

  —Sí… —respondió Joseph, sin titubeos.

  Cáliban se sentó en el suelo con la serenidad de un roble antiguo, cruzando las piernas en posición de meditación. La bruma del bosque danzaba a su alrededor, como si el mismo ambiente se inclinara ante su presencia.

  —El aura se cultiva enfrentando el filo de la muerte en el campo de batalla. —dijo con voz pausada, grave, como un trueno contenido —Cada experiencia, cada herida, cada decisión ante el peligro fortalece tu voluntad. El ánima, en cambio, nace de la energía espiritual que fluye a través de la naturaleza, pero no podrás nutrirte de ella hasta forjar un pacto con un espíritu.

  Joseph frunció el ce?o, intentando seguir el hilo de palabras que le parecían cada vez más densas. Aquellas ideas se le escapaban como arena entre los dedos.

  ?Bueno… supongo que podré entenderlo mejor en la práctica…? —pensó con resignación.

  Cáliban lo observó de reojo y luego le indicó con un gesto que adoptará la misma postura. Joseph obedeció, acomodándose frente a él, aunque con torpeza.

  —Empezaremos con la energía espiritual y el maná. —anunció el maestro.

  Joseph se irguió un poco, sorprendido.

  —Pero… ?No dijiste que no podía atraer esa energía sin tener un espíritu?

  Cáliban asintió con solemnidad.

  —Es cierto. Pero eso no significa que no puedas entrenarte para percibirla. La práctica forja los sentidos. Si consigues sentir su esencia ahora, cuando el espíritu despierte en ti, podrás absorberla con mayor naturalidad.

  Joseph asintió con más seguridad, comprendiendo la lógica tras las palabras.

  —He estado investigando. —continuó Cáliban —Al parecer, este mundo carece de un método eficiente que permita absorber los tres tipos de energía al mismo tiempo. Por eso, quienes nacen con dos núcleos suelen especializarse en uno solo… o alternar entre ellos, lo que limita su crecimiento.

  El aire comenzó a cambiar. Cáliban cerró los ojos y su cuerpo pareció volverse uno con la tierra. Al instante, peque?as partículas carmesíes comenzaron a surgir a su alrededor, girando lentamente en espirales hipnóticas. Joseph contuvo la respiración, maravillado. Las partículas parecían vivas, palpitaban como si respondieran al ritmo del corazón de su maestro.

  Sin embargo, algo llamó su atención. Las partículas se arremolinaban en torno a Cáliban, pero no lo tocaban, no lo atravesaban.

  —?Sucede algo? —preguntó con cierta inquietud.

  Cáliban negó con un leve movimiento de cabeza, sin abrir los ojos.

  —Mi núcleo aún no está abierto. —dijo con voz profunda, casi un susurro del viento —Por eso, la energía que puedo absorber es mínima. Solo es una peque?a brisa... donde debería haber una tormenta.

  Abrió los ojos lentamente y clavó su mirada en Joseph.

  —Pero tú no tienes ese límite. Tus tres núcleos están activos. Tienes un potencial que este mundo no ha visto en siglos.

  Joseph asintió con entusiasmo, lleno de una emoción casi infantil, y adoptó la postura de meditación. Cáliban arqueó una ceja al verlo tan resuelto, pero no dijo palabra alguna. Se limitó a observar en silencio, cruzando los brazos.

  Pasaron algunos minutos. La brisa del bosque susurraba entre las ramas, y un cuervo graznó a lo lejos.

  De pronto, Joseph abrió los ojos de golpe, con expresión frustrada.

  —?No sentí nada!

  Cáliban soltó un suspiro largo y se frotó la sien con resignación.

  —?De verdad creíste que era tan simple como cerrar los ojos y quedarte medio dormido estando sentado?

  Joseph bajó la mirada, avergonzado. No respondió.

  —Para meditar, primero debes aprender a despejar tu mente. Vaciarla por completo. Olvídarte del exterior. —dijo Cáliban mientras se ponía de pie y comenzaba a caminar lentamente alrededor de su alumno, como un lobo rodeando a su cría —Muy bien, cierra los ojos y escucha únicamente mi voz.

  Joseph obedeció de inmediato, volviendo a su posición. Colocó sus manos sobre las rodillas, y su espalda recta.

  —Despeja tu mente. —murmuró Cáliban con voz calmada —Ignora los sonidos del bosque, el aire, los pensamientos. Solo escucha mi voz.

  Joseph cerró los ojos con firmeza, en busca de una concentración absoluta.

  —Controla tu respiración. —continuó el maestro —Inhala... y exhala… cada tres segundos. Percibe el ambiente a tu alrededor. No pienses, solo siente. Mantén tu cuerpo lo más quieto posible.

  Y entonces, el mundo se desdibujó.

  Joseph ya no estaba en el bosque. Ni siquiera en su cuerpo. Solo veía oscuridad. Una oscuridad densa, envolvente e infinita. Al principio, se sintió inquieto, perdido en aquel abismo. Pero pronto, su naturaleza curiosa afloró. Siempre había sido así, incluso de ni?o.

  ??Qué es esta oscuridad?? —pensó ??Es una cosa? ?O la ausencia de toda cosa? ?Era algo? ?O simplemente… nada??

  Y si no era nada, ?Cómo era posible que pudiera verla?

  Las preguntas brotaban en su mente como estrellas en una noche cerrada. No eran distracciones, sino impulsos naturales que lo empujaban más profundo dentro de sí mismo.

  Cáliban lo observaba desde afuera, en silencio. Podía ver la concentración en el rostro del joven, la tensión de sus músculos, la quietud de su respiración.

  ?Es joven... seguro le tomará algunas semanas comenzar a sentir la energía a su alrededor…? —pensó con calma.

  —?Ah! ?Cáliban! —exclamó Joseph de repente, con los ojos aún cerrados y la voz temblando de emoción —?Veo algo!

  Cáliban se detuvo en seco, su atención se enfocó completamente en el muchacho.

  —?Qué es lo que ves? —preguntó, alzando una ceja con curiosidad.

  —Son… partículas. No son grandes, son peque?as… diminutas, como motas de polvo flotando en la oscuridad… pero brillan. ?Brillan como si respiraran!

  Cáliban sonrió apenas, como si una vieja llama se encendiera en su interior.

  —Interesante…

  La voz del maestro se volvió un murmullo lleno de significado.

  —Entonces... lo has encontrado. Has sentido el primer susurro de la energía.

  Al instante, la concentración de Joseph se rompió, como un cristal hecho trizas. La oscuridad regresó a sus ojos, envolviéndolo como un manto helado.

  —?Oh! ?Las perdí! —exclamó frustrado, abriendo los ojos de golpe.

  Cáliban, que hasta ese momento había mantenido una expresión imperturbable, frunció levemente el ce?o. Había sido escéptico desde el inicio, pero algo en la reacción de su alumno lo obligaba a reconsiderar.

  Decidió darle una oportunidad.

  —Vuelve a concentrarte… —dijo con calma, sentándose frente a él una vez más —Relaja tu mente hasta que esas partículas reaparezcan. Y cuando las tengas frente a ti… trata de absorberlas.

  Joseph parpadeó, confundido.

  —?Cómo se supone que haga eso?

  Cáliban cruzó los brazos, buscando las palabras adecuadas.

  —Tienes que inhalar con el cuerpo…

  Joseph abrió los ojos en par, claramente incrédulo.

  —?Qué?

  Cáliban soltó una breve risa seca, como si recordara lo difícil que fue para él también.

  —No es fácil de explicar. Es mejor que lo sientas. Cuando controles tu respiración, cuando inhales y exhales de forma constante… esa calma se extenderá por todo tu cuerpo. Entonces, y sólo entonces, podrás compartir esa sensación con cada fibra de ti. Es como si aspiraras las partículas hacia tu interior, pero no con los pulmones… sino con el alma.

  Joseph entrecerró la mirada. La teoría seguía siendo un misterio, como una fórmula en un idioma olvidado. Pero sabía que podía confiar en su cuerpo, en la práctica y en la intuición. Cerró los ojos otra vez, dispuesto a intentarlo.

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  Las horas pasaron como ríos silenciosos.

  Mientras tanto, Cáliban entrenaba a pocos metros, ejecutando movimientos circulares con su espada, cada uno más fluido que el anterior, cortando el viento con precisión letal. Pero aún con su atención dividida, no dejaba de observar de reojo a Joseph.

  El joven no se movía. Su respiración se había vuelto lenta, profunda, casi invisible.

  ?Bueno… creo que es hora de irnos.? —pensó finalmente Cáliban, limpiándose el sudor de la frente.

  Pero cuando se giró para llamarlo, se detuvo en seco.

  Joseph estaba rodeado por un resplandor grisáceo. No era una luz intensa, ni un fenómeno violento… era suave, sutil, como un velo de ceniza suspendido en el aire. Partículas diminutas danzaban a su alrededor, girando lentamente como si respondieran a una música que solo él podía oír.

  Cáliban sintió un escalofrío recorrerle la espalda.

  ?No puede ser…?

  Se acercó con cautela, sin romper el silencio. Aquel fenómeno no tenía precedentes.

  ?Incluso Karrigan, el más talentoso entre nuestros hermanos, el prodigio de su generación, había tardado un a?o en alcanzar esa conexión con la energía.?

  Y Joseph… ese muchacho desgarbado, terco e impetuoso… lo había logrado en un día.

  ??Qué clase de talento monstruoso posee este mocoso...??

  La luz gris persistió durante diez segundos eternos antes de desvanecerse lentamente, como una exhalación del mundo.

  Joseph abrió los ojos de golpe, jadeando levemente. Sus pupilas brillaban con una extra?a lucidez. Buscó a Cáliban con la mirada y, al encontrarlo, su rostro se iluminó con una alegría pura y casi infantil.

  —?Cáliban! ?Lo sentí! ?Era real! ?Lo hice!

  Cáliban lo observó en silencio por un momento, con una mezcla de asombro, respeto y algo que no se permitía sentir a menudo… esperanza. Se sentó con calma frente a él, sin perder su expresión serena.

  —?Qué sucedió exactamente?

  —No lo sé… —respondió Joseph, aún jadeando —Solo… comencé a meditar como me dijiste. Despejé mi mente, me olvidé del ruido, de los pensamientos. Y entonces… —buscó las palabras, como si intentara atrapar humo con las manos —mi cuerpo se sentía… ligero. Como una pluma flotando en el viento. Y una sensación cálida, reconfortante, me envolvió por dentro. Ahí fue cuando comencé a verlas… las partículas.

  Cáliban no interrumpió. Sus ojos estaban fijos en el muchacho.

  —Al principio, era difícil. —continuó Joseph —No se acercaban a mí, aunque las podía ver. Así que simplemente… respiré. Respiré hondo. Una y otra vez… Y entonces… —se detuvo, dudando —sentí como si… mi respiración no saliera de la nariz, sino de todo mi cuerpo. Era raro… pero a la vez natural. Las partículas comenzaron a moverse, lentamente… como si me escucharan. Era… refrescante. Luego me distraje… y desaparecieron.

  El silencio cayó durante unos segundos.

  Cáliban seguía inmóvil. No mostraba expresión alguna, pero por dentro, estaba atónito. Sabía que Joseph tenía talento, pero no había previsto que estuviera a este nivel. Sin embargo, no dejó que su admiración se reflejara. Sabía que los halagos, si no se dosificaban, eran veneno para un discípulo.

  —Lo hiciste bien. —dijo al fin, con tono neutral —A partir de ahora, practica después de cada sesión de entrenamiento. Concéntrate. Repite esa sensación hasta que puedas mantenerla por más tiempo. Esta es la parte sencilla. Cuando logres sostenerla por al menos diez minutos… entonces te ense?aré a convertir esas partículas en poder.

  —?Ah! —exclamó Joseph con entusiasmo, pero se detuvo de inmediato, como si temiera sonar impertinente.

  Cáliban alzó una ceja.

  —?Qué pasa?

  Joseph se incorporó lentamente, frotándose las manos con nerviosismo.

  —Solo quería preguntarte… —dijo, vacilante —?Me ense?arás a usar una espada…? Esa técnica que usaste contra el wyvern… —su voz se apagó mientras recordaba la imagen del monstruo siendo partido en dos como si fuera papel —Fue impresionante.

  Cáliban frunció ligeramente el ce?o. No por molestia, sino por cautela. Aquello no era algo que se pudiera transmitir con palabras ni dominar con facilidad. Incluso con talento, era un camino de a?os… quizás décadas.

  En lugar de responder, dio media vuelta y se dirigió a un espacio despejado del claro, donde el viento susurraba entre las ramas y la tierra aún guardaba cicatrices de combates pasados.

  —Por lo que vi en la mazmorra… —dijo, sin mirar atrás —manejas bien las armas.

  Joseph se rascó la nuca con torpeza, sonriendo con algo de vergüenza.

  —Solo… traté de imitar lo que hacian los gladiadores del coliseo. No es nada realmente.

  Cáliban se giró y lo observó de frente, esta vez con una mirada distinta. La mirada de un maestro que ha decidido probar a su alumno.

  —A veces, la necesidad ense?a mejor que cualquier escuela. El cuerpo aprende lo que el alma necesita para sobrevivir. Pero si realmente quieres dominar el filo… tendrás que olvidar lo que crees que sabes.

  Cáliban dibujó una leve sonrisa y alzó su espada con serenidad, listo para impartir una lección que marcaría el inicio de un nuevo camino. Pero antes de que pudiera pronunciar una sola palabra, todo comenzó a desvanecerse. El recuerdo se tornó borroso, fragmentado, arrastrando su mente a un abismo sin tiempo ni forma, hacia un punto muerto en la misma creación.

  Joseph se incorporó de golpe, jadeando, con el pecho agitado. Se llevó las manos al cuerpo, buscando las heridas que, segundos antes, lo habían hecho retorcerse de dolor… pero ya no estaban.

  —?Qué…? —murmuró con la voz rota —?Dónde estoy?

  Su pregunta se perdió como un eco triste en aquella inmensidad de oscuridad absoluta. A su alrededor no existía ni un atisbo de luz, ni viento, ni suelo reconocible. Solo un vacío denso y asfixiante que parecía devorarlo todo.

  —?Qué es este lugar...? —susurró, con creciente desesperación.

  Y entonces, sin aviso, algo se alzó desde la misma penumbra a sus pies. Una figura se irguió lentamente, emergiendo del suelo como un espectro. Joseph retrocedió con cautela, entrecerrando los ojos… hasta que reconoció el rostro.

  Era él.

  La copia de Joseph, idéntico a su versión de ni?o, le dirigía una mirada cargada de rencor. Sus ojos, opacos y sin alma, fulminaban a su versión presente con odio contenido.

  —No puedes escapar de mí. —susurró la criatura, resonando como cuchillas en el aire —No importa dónde te ocultes… siempre estaré ahí. Te seguiré… hasta el fin.

  El peque?o comenzó a convulsionar, emitiendo sonidos inhumanos. Sus brazos se estiraron con un crujido visceral, mientras los músculos de su cuerpo crecían y se deformaban grotescamente. Su torso se ensanchó, sus piernas se alargaron y su rostro maduró, volviéndose idéntico al Joseph actual… aunque distorsionado por una mueca de locura.

  Era él. Pero al mismo tiempo, no lo era.

  —Ahora… —dijo la figura, mientras una espada negra como el abismo se materializaba en su mano —No tienes escapatoria.

  Sin previo aviso, la entidad desapareció con un destello y arremetió contra Joseph. Este intentó defenderse, pero no tenía arma. Se lanzó hacia un lado, rodando por el suelo invisible, mientras el filo rasgaba el aire con un silbido aterrador. Las ondas de choque de cada impacto le dejaban marcas en la piel, quemando como fuego helado.

  Joseph jadeaba, perdido, sin saber dónde estaba ni por qué alguien, una copia exacta de sí mismo, intentaba matarlo.

  —??Quién eres?! —gritó, esquivando otro golpe —??Por qué haces esto?!

  —??De verdad no lo sabes?! —bramó la entidad, con una mezcla de rabia y sufrimiento —?Después de lo que me hiciste!

  El aura oscura de su espada crepitó, hendiendo el vacío con cada ataque. Era como si el odio mismo se hubiera hecho arma.

  —??Qué estás diciendo?! —replicó Joseph, retrocediendo —?Yo no te hice nada!

  —?Voy a matarte! —rugió la figura con una furia tan cruda que hizo vibrar el espacio vacío.

  Sus palabras eran filo, y su espada, tempestad. No parecía tener intención de escuchar razones, ni mostrar piedad. Cada uno de sus ataques era más veloz, más preciso, más despiadado que el anterior. Joseph no podía razonar. No podía pensar. Su mente estaba completamente absorbida por el intento desesperado de no morir.

  —?Por qué…? —murmuraba entre jadeos, rodando por el suelo invisible mientras las estocadas rasgaban el aire a su alrededor —?Por qué estás tan lleno de odio?

  Pero la figura no respondió, no podía. El odio era su lenguaje.

  Muy a lo lejos, entre la oscuridad infinita, una peque?a luz caminaba con paso firme. Con la mirada serena, Mirr patrullaba sus dominios como lo había hecho durante incontables siglos. Era su condena, su deber, su esencia.

  Y, como tantas veces antes, su existencia se deslizaba entre el tedio y el desinterés.

  Hasta que lo sintió. Un nuevo latido. Una nueva presencia.

  —?Otro intruso...? —murmuró con una ceja arqueada.

  Sus sentidos, agudos como agujas de plata, se enfocaron en el origen de aquella disrupción. Vio a Joseph, un joven inexperto y vulnerable. Y sin embargo… algo distinto ardía en su interior.

  —él no me dijo nada sobre un segundo visitante. —dijo con indiferencia —Y es demasiado joven… pero…

  Observó en silencio, desde la distancia, el enfrentamiento caótico entre Joseph y su reflejo distorsionado. La batalla se desarrollaba con brutalidad y desesperación, pero Mirr no era ajeno al dolor ni a la violencia. Lo que capturó su atención fue otra cosa.

  —La puerta que quiere abrirse… —susurró —Este muchacho la ha forzado. Ha abierto una de las puertas de la mente… y lo ha hecho solo.

  Los ojos de Mirr se tornaron con leve interés. Podía sentir el constante zumbido de agonía mental que carcomía el interior de Joseph. La barrera protectora, colocada por su maestro Cáliban, comenzaba a ceder. Aquella mente joven no estaba preparada para navegar los abismos de su propio subconsciente.

  —Si se demora… si se pierde en esta oscuridad… su mente colapsará por el dolor. —Mirr hizo una pausa, pensativo —Le daré una oportunidad. Si se acerca demasiado al límite… entonces hablaré.

  Y así, en silencio, se convirtió en espectador.

  —?Te dije que no sé nada! —gritó Joseph, retrocediendo como podía, la desesperación marcó su voz.

  Pero la figura no escuchaba. Su ira era absoluta. No tenía oídos para la verdad, ni razón para el perdón. Solo había un objetivo… destruir.

  Alzó su espada, y apu?aló el aire con una fuerza aterradora. El espacio mismo pareció quebrarse por un instante. Joseph se lanzó hacia un costado, esquivando por milímetros, pero el filo alcanzó su hombro. El dolor fue inmediato y lacerante. Gritó, cayendo al suelo, con la sangre evaporándose en aquella oscuridad sin tiempo.

  La figura caminó hacia él, paso a paso, con la espada en alto.

  —Yo… soy lo que dejaste atrás. El llanto ahogado. La rabia silenciada. El fuego que nunca ardió. ?Soy lo que fuiste y temiste volver a ser!

  Joseph se arrastró hacia atrás, sintiendo cómo su cuerpo comenzaba a temblar. Su respiración era errática. Sostuvo su herida con una mano temblorosa, retrocediendo con torpes brincos mientras el dolor le robaba el aliento. Su respiración era agitada, jadeante, y su visión comenzaba a tambalearse por la presión insoportable en su cabeza. Observó el corte sangrante en su costado y apretó los dientes.

  —En serio… ya te dije que no sé quién eres. —balbuceó entre jadeos, forzando su voz a salir entre el constante esfuerzo físico y el tormento mental —Ni siquiera sé… por qué me torturas… en mi propia mente…

  Apenas pronunció esas palabras, la figura del falso Joseph se detuvo. Su espada, aún elevada, descendió lentamente, como si un peso invisible la arrastrara hacia el suelo. Alzó su mirada, una mirada helada, te?ida de una furia antigua que temblaba por liberarse, pero que, por un segundo, pareció contenerse.

  —Realmente eres lamentable. —dijo con voz ronca y amarga —Ni siquiera me reconoces…

  Bajó por completo la mano, y la espada tocó el suelo con un leve eco metálico. El silencio cayó como una losa sobre aquel lugar sin nombre. Joseph, aún jadeante, levantó lentamente la mirada y se encontró con su propio rostro. No como era ahora, sino una versión distorsionada, marchita, consumida por el tiempo y el abandono. Las lágrimas que caían de los ojos de la entidad no eran claras. Eran negras, espesas, como tinta derramada desde las profundidades del alma.

  —Me pudrí por a?os en tu interior…

  Joseph sintió un escalofrío recorrerle la espalda. Aquellas palabras, tan sencillas y tan terribles, le atravesaron como un pu?al.

  —En tu mente… tantas cosas… tanto dolor, impotencia, rabia, fueron descartadas… desechadas como basura, para que pudieras vivir en paz. Pero dime, ?A dónde crees que iban, eh? —su voz se volvió un gru?ido amargo —?Crees que los recuerdos dolorosos desaparecen así, sin más?

  La furia contenida en la figura estalló, y su grito desgarró el silencio.

  —??Crees que fuiste tú quien sufrió?! ?No! ?Fui yo! ?Yo fui quien sufrió por ti! Todo ese dolor que rechazabas… cada lágrima que no quisiste derramar, cada pensamiento que enterraste… ?Yo los viví todos! ?Fui yo quien los cargó! ?Grité por tu ayuda, día y noche, en el rincón más oscuro de tu corazón… pero tú nunca me escuchaste!

  Joseph abrió los ojos, grandes, sorprendidos. El martilleo en su mente seguía, insistente y desgarrador. Pero por primera vez… no lo ignoró. Por primera vez, no huyó.

  Se obligó a mirar. A escuchar. Y en esa mirada temblorosa, en esos ojos llenos de dudas, comenzó a entender. Esa figura no era un enemigo. Era una verdad. Una verdad que había querido enterrar.

  —Yo… —murmuró Joseph con la voz rota.

  —?Soy la manifestación de todo lo que ignoraste! —gritó su reflejo —?Soy tu perdición, tu cobardía! ?Soy el dolor que no quisiste enfrentar, el grito en tu pecho que nunca callará! ?Soy lo que eres cuando cierras los ojos y decides olvidar!

  El silencio volvió, pero esta vez, era un silencio espeso, cargado de emociones contenidas.

  Joseph respiró con dificultad. El dolor seguía ahí, pero ya no era lo más importante. Miró al frente… y en vez de miedo, sintió algo distinto. Compasión.

  Compasión por sí mismo.

  A lo lejos, Mirr observaba la escena sin pronunciar palabra. Su silueta parecía una estatua inmutable en medio de la oscuridad, pero en su interior, una chispa de comprensión se encendió.

  —Tiene que dejar ir el dolor… —murmuró para sí mismo, apenas un eco entre las sombras —Sólo entonces podrá avanzar.

  Sus palabras eran ciertas. Para hallar el camino de regreso a su origen, Joseph debía enfrentarse a sí mismo, igual que ocurrió con lord Xander. Tenía que dejar atrás el dolor, soltarlo y seguir avanzando, junto a su espada. Volver a sus inicios, a ese momento en que decidió empu?arla por primera vez. En eso tenía una ventaja… era joven, y para él regresar era más fácil que para muchos otros… pero ?Tendría el valor suficiente para hacerlo?

  —No importa… —susurró la figura demacrada, limpiando con el dorso de la mano aquellas lágrimas negras que aún descendían por su rostro —No importa si no me reconoces…

  El rostro de Joseph se ensombreció. Las palabras de su reflejo resonaban en su mente, luchando por encontrar un lugar en su conciencia. El dolor latía aún con fuerza, pero algo dentro de él comenzaba a despertar.

  —Es tiempo de terminar con esto…

  El falso Joseph alzó su espada con firmeza y embistió sin contenerse. Sabía que Joseph esquivaría como lo había hecho antes, por lo que cargó con más fuerza, más velocidad. Toda su ira, todo su rencor, estaban dirigidos hacia un solo punto. El corazón de aquel que lo olvidó, el lugar donde habitó su miseria durante tanto tiempo.

  Joseph, dando un paso adelante, recibió el filo de la espada. El sonido de la carne siendo atravesada rasgó el silencio como una hoja de papel.

  Mirr observó la escena con una mezcla de lástima y resignación. El filo negro había perforado el pecho de Joseph. La sangre brotó con violencia, empapando su túnica, mientras una tos profunda y áspera le obligaba a escupir más sangre por la boca.

  El tiempo pareció detenerse. Los ojos de Joseph se abrieron, incrédulos. No tanto por el dolor… sino por lo que entendía al fin.

  —Que lastima, parece que este no pudo lograrlo… —murmuró Mirr con tristeza, en la lejanía.

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